miércoles, 19 de septiembre de 2018

AGUA (Relato)



    

       Cuando el agua le llegó hasta los tobillos fue que Ricardo se dio cuenta que tenia que hacer algo; los organismos de socorro  habían dicho  que habría  algunos chubascos esporádicos,  y que las fuertes lluvias que traería la tormenta se sentirían en las áreas menos pobladas de la línea  fronteriza, así que no había que temer, y que sólo sugerían  seguir sus recomendaciones.
        Aquello que estaba cayendo no  era una llovizna, era un diluvio,  y no tenia visos de parar en muchas horas, por lo que Ricardo estaba atento al fenómeno, caminando de acá para allá haciendo cualquier cosa, como levantar el zinc en algunos sitios;  pero nada   valía la pena.
-          Andrea, esto es un ciclón; coge una cubeta y vamos a sacar agua sino hay que irse.- Decía a su mujer, al momento de disponerse a sacar agua.
-          No hay manera, no hay donde tirarla, todo esta anegado; hay que irnos al refugio.- Contestó la mujer, quien tomando una maleta comenzó a llenarla de las cosas mas importantes para ella y sus dos hijas casi adolescentes..
-          Te vas a ir tú con las muchachas; yo no voy a dejar mi casa; cuando viene a ver se lo roban tó los malditos ladrones. Además, pa´donde vamos a coger si no se puede salir por ahora; mejor vamos a subir  las camas en bloc, y esperemos que amanezca.- Recomendó Ricardo.
La casa era de concreto aún sin empañetar, y sustituía la vieja edificación de madera desgastada en la que Ricardo y Andrea  residían desde que  se casaron,  y con la llegada de sus dos hijas formaron un hogar. Al tiempo la cosa fue mejorando, y comprando bloques poco a poco, fueron levantando aquella casa que techaron de zinc porque no podían esperar mejores días.  
        El viento arreciaba, y se arremolinaba entre los árboles como queriendo engullirlos hasta el cielo; a veces silbaba, y otras lanzaba unos sonidos amenazantes como queriendo llevarse el mundo por delante entre truenos, rayos y relámpagos. Frente al patio trasero de la casa  salió disparado  el techo de un almacén de provisiones, cayendo dentro de su patio,  poniendo sus vidas en peligro.
       -Estos se esta poniendo cada vez más difícil; gracias a Dios que los bajantes de esta casa están amarrados con las barrillas, de lo contrario, hace rato que el techo se hubiera ido volando.- Decía Ricardo para que lo oyeran pero hablando solo.
     Próximo a la entrada de la casa, un árbol de flamboyán se desplomó, arrastrando consigo un poste de energía eléctrica, y tirando los cables de alto voltaje al suelo, ocupando todo el espacio de entrada y salida.
     -Ahora si es verdad que esto se puso feo;  no se puede salir de aquí ni al colmado a comprar velas, y gracias  a Dios que se fue la luz, porque sino, aquí tó el mundo estaría muerto.- Dijo Ricardo, mirando que el viento y la lluvia estaban causando mayores daños.
           Decidió no esperar a que llegara la energía eléctrica, y  para evitar posibles problemas, con  machete en manos y unos alicates,  procedió a desramar el árbol caído; luego tomó    los alicates y empezó a halar el cable roto.
-Ese es el potencial deje eso. -Se escucho una voz que venia del vecino.
-Vecino es que no se puede esperar que llegue- Dijo, mientras halaba el cable conductor de cincuenta y ocho mil voltios, en el mismo momento en que todo hizo explosión porque llegó la luz.
          Al día siguiente, en la funeraria municipal  todos lloraban; los deudos se sentaron en la primera fila de las banquetas vestidos de negro; encima del ataúd podía verse la foto enmarcada de un hombre sonriente, con toga y birretes;  debajo del vidrio transparente,  un paño blanco cubría el cuerpo carbonizado de Ricardo.  



                                                                      FIN

Pablo Martínez
Dominicano   
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lunes, 17 de septiembre de 2018

BLANCO (Relato)


   
    En el momento en que  la música disco sonaba,  no había nadie que bailara como Blanco, a quien  pocos de los que le rodeaban podían superar en gracia y elegancia a la hora de mover el cuerpo;  además, tenia unas formidables cualidades para conquistar féminas, y tener amigos de la farándula que dejaba boquiabiertos a los que lo conocían de siempre. Su vida de jovencito aventurero se la pasaba entre programas de televisión y discotecas, donde el consumo de alcohol y drogas estaba reservado a una élite “exclusiva” de vive bien y gente “Light” a la que sólo a unos pocos se les permitía entrar; los demás miraban desde afuera.
       La vida de Blanco desapareció  de la vista del barrio, y si alguien quería verlo tenía que poner algún programa de televisión, porque seguro formaba parte de alguno de sus elencos.
       Una noche, uno de los mejores amigos que Blanco tenia en el  barrio fue a una fiesta (cosa que era costumbre en la muchachada de esa época),  alguien les presentó a unas muchachas  hermosas que estaban sentadas en una de las mesas exclusivas  del lugar, y sin saber por cual razón mencionó a  Blanco.  Una de las jóvenes se puso incomoda, pidió cambiar el tema, pero no tuvo mas remedio que compartir algo que mantenía en secreto; ella había sido  novia de Blanco,  y dijo haberlo querido mucho, por lo que había pensado  casarse con él antes de que el destino le hiciera aquella mala jugada que  les empezó a narrar: Era sábado y tenia varios días que no lo veía; Blanco no acostumbraba alejarse tanto tiempo así que sin avisar (porque en esa época los celulares  no existían), fue  a la casa donde él vivía,  entró sin tocar la puerta, y lo encontró en plena actividad sexual con otro hombre.
     Después de aquella cruel escena la joven se apartó  de tal manera que jamás volvió a tener contacto con Blanco, porque según dijo,  sentía una sensación indescriptible cuando recordaba a ese  macho probado haciendo de receptor en  aquel ritual de  sodomía.
    El tiempo pasó, tanto,  que ya nadie se acordaba que Blanco alguna vez existió; el mundo cambió de un momento a otro y ya todos eran padres de familia; algunos eran tan adultos que hasta tenían nietos, por lo que  apenas se veían algún fin de semana.
    Esa tarde por casualidad estaban todos reunidos en la acera de su bodega favorita jugando dominó. Un hombre se detuvo vendiendo algo.
- Plaguicida para matar ratones.- Voceaba.
 Al vendedor se le veía encanecido y demacrado;  casi llegando a la decrepitud de un centenario, y en sus ojos se notaba una tristeza infinita, como el de un alma en pena;  nadie lo conoció hasta que ya iba lejos. El dueño de la bodega se acercó al grupo.
-¿Ya vieron quien va ahí?- Peguntó.
-¿Quien?- Preguntaron a coro.
-El vendedor de plaguicidas;  ese es Blanco- contestó el bodeguero.
     Todos se pusieron de pie al mismo tiempo; por sus mentes pasaron los rayos multicolores de las luces de la discoteca, mientras se escuchaba a Barry White, con la canción: Let The Music Play; en unos segundos todos los amigos revivieron el pasado, mientras seguían con la mirada al amo de sus sueños de  juventud;  aquel  que nunca quiso despertar. Pero no vieron  a nadie. A lo lejos sólo se divisaba la figura parsimoniosa de un pobre viejo doblando la esquina.



FIN


Pablo Martínez
Dominicano.

      
    

VEGETARIANOS (Cuento)


          José era un hombre bueno, y su misericordia para todos los seres vivos se evidenciaba en que dejó de comer carne cuando tuvo uso de razón  al ver la forma en que mataban a los cerdos en tiempo de navidad; los palos en la cabeza y las puñaladas que le propinaban era  más que suficiente para sentir una lástima tan grande que abrazó el vegetarianismo como forma de vida.
       Algo que José  anhelaba, y de la que nunca hablaba, era la de  morir como su abuela,  mujer dócil y amorosa que un día se quedó dormida para siempre faltando un día para cumplir los ciento quince años. Por esa razón buscó la manera más sana de alimentarse; eliminó los enlatados, embutidos y conservas de todo tipo, porque su abuela siempre decía que los animales herbívoros, si no los matan se mueren de viejos.
       Tanta fue la dedicación que tuvo José a su vida vegetariana, que tenia el patio de su casa sembrado de árboles frutales, bajo los cuales se extasiaba en tiempo de cosecha. Nunca tuvo deseos de probar un guisado de carne de  ningún tipo, pues para él la carne dejó de existir como alimento, por eso se  preocupaba por mantener la nevera  repleta de frutas y vegetales, y la alacena llena de los distintos comestibles libres de toxinas.
            En la ciudad vivía su familia, a la que veía los fines de semana, pues su determinación de vivir junto a la naturaleza representó tener que hacer algunos  sacrificios, y uno de esos fue el tener que dejar sus hijos que estudiaban en la universidad, y su mujer que trabajaba en un banco,  para así mudarse en un área rural de  la periferia, y por tanto más adecuado para su forma de vida.
           Así vivía José, entregado a  una vida sana, casi religiosa; integrado a la naturaleza plena, en una existencia sin ningún tipo de temores.
          El amor a los animales le fue llegando casi  por instinto, y  a José se le ocurrió empezar a criar diferentes especies; comenzó  criando polluelos en un corral, a los que al crecer soltaba en su propiedad,  luego pavos y patos; más tarde compró algunos becerros.
      Fue por casualidad que se le ocurrió comprar lo que parecía eran dos iguanas silvestres el día en que pasaron promoviendo animales exóticos frente a su casa; las vio  dentro de una nasa de pesca, y le gustó la idea de tenerlas pululando en sus predios; las compró, y las puso en una cerca  hasta que se acostumbraran al ambiente y así  poder soltarlas. Pasaron algunos meses, y José tuvo que fortalecer la cerca, pues lo que creía que eran dos iguanas,  habían crecido más de un metro de longitud.
      Al pasar algunos años, ya José tenía una pequeña granja con la multiplicación de las especies que había iniciado, y con más razón,  por el hecho de que  no  mataba ni  vendía sus animales; las iguanas, resultaron ser una pareja de cocodrilos a los que tuvo que hacerles una laguna en un estanque de cemento para llevarlo lo mas posible al ambiente que les correspondía. Lo más curioso de todo, era que José no les echaba ningún tipo de carne a sus animales;  a todos los ajustaba  a sus propios  hábitos de vida, por lo que tenían que ser vegetarianos, o morir de hambre.
     La vida de José transcurrió en tranquilidad y sosiego; sus hijos se casaron y de vez en cuando se le aparecían en la granja, por lo que se sentía en armonía con la naturaleza.
      Los cocodrilos se habían multiplicado, y la laguna le estaba resultando pequeña a tantos reptiles; mantenerlos tantos años comiendo vegetales les hizo desarrollar un hambre inusitada, pero nunca se les dio  carne de comer.     Para echarles la comida  a los cocodrilos, José había inventado una especie de muelle de madera, de unos dos metros de altura en forma de escalera, por la que  subía todos los días arrastrando sus sacos de vegetales traídos de los mercados del área.
     Fue un lunes que ocurrió, José no se había dado cuenta lo podrida que estaba la madera de aquel anden, y ante un movimiento inesperado resbaló cayendo dentro  de la laguna.
      José  no fue a casa de su familia esa semana; los hijos fueron a la granja y no lo hallaron, por lo que la policía tuvo que intervenir en su búsqueda. No había rastro de él. 
     Tiempo después los cocodrilos fueron trasladados a un zoológico, y hubo que desaguar el estanque de la laguna;  allí encontraron un par de botas, los trapos de una camisa, un pantalón de hombre, y  la osamenta de un ser  humano; al hacer los análisis determinaron que aquellos restos eran de José.
      En su nuevo hábitat los empleados del zoológico no salían de la sorpresa; les habían dicho que los  cocodrilos  eran muy particulares porque todos eran  vegetarianos; a la hora de alimentarlos pudieron darse cuenta que a ninguno de los reptiles  les gustaban los  vegetales, y que sólo comían carne.

  


FIN


Pablo Martínez
Dominicano.

     
      
    
       

viernes, 14 de septiembre de 2018

EL ACOMPAÑANTE (relato)



     Era una estrella pequeñita, como un lucero centelleante en la noche despejada, y de repente se acercó;  tan próximo que parecía que la luna había bajado del firmamento. No había explicación  en la mente del niño, quien junto a su abuelo, sólo miraban hacia arriba anonadados por aquel fenómeno extraño, que como una gigantesca sombrilla blanca los cubría desde arriba. Nunca el camino fue mas oscuro, ni el cielo más estrellado, pero todo se iluminó esa noche.  
    Al otro día, el niño, de sólo cuatro años le pregunto a un amigo de la casa que era eso, señalando el vacío que se forma en el espacio, el mismo espacio que forma las distancias; el amigo no supo nunca qué preguntaba aquel niño.
     Pasó el tiempo.
     El niño había crecido algo. Aprendió a  leer en un solo día; lo enseñaron unos militares que lucharon en la revolución, y que estaban de puesto en un edificio contiguo  a la casa donde vivía; aprendió  justo  en el momento en que lo  pusieron a deletrear la palabra “tomate” al revés; como a todos los niños, le gustaban las aventuras, soñar que viajaba a las estrellas, y jugar a superman.
      Una noche de domingo, todos estaban celebrando fuera de la casa. El niño pululaba entre todos los vecinos del lugar que allí estaban reunidos. Un Jeep con un Militar llegó buscándolo. Era algo normal que los militares de teniente para abajo jugaran tenis de mesa para decidir quien hacia guardia en la noche;  perdió el teniente Mateo, por lo que le tocaría hacer guardia y prepararle  cena  a los dos perros que junto a él cuidarían el lugar.    
      No había noche más oscura que aquella, ni cielo más despejado, cuando un lucero brillante se fue acercando, y se fue haciendo gigantesco sobre sus cabezas; todos lo vieron esta vez, como una inmensa luna alumbrándolo todo.
      Al otro día, los diarios publicaron  la noticia de aquel extraño acontecimiento que fue visto por cientos de personas.
     A partir de entonces, en aquel  poblado se hizo costumbre ver volar extraños   objetos en forma de plato; decían que descendían frente a la casa de un niño  a quien buscaban para que les hiciera compañía en su viaje por las estrellas.



FIN


Pablo Martínez
Dominicano

jueves, 13 de septiembre de 2018

EL FILICIDIO ( relato)




      Los dos se  llamaban Felipe; uno recientemente  cumplió los  ochenta años, y  sentía que la vida se le iba cada día; el otro, muy distante,  no había celebrado aún los trece años, y vivía tan feliz que no se daba cuenta del paso de los días.
      Cuando a  Don Felipe le diagnosticaron el corazón grande, supo que  debía vivir sus últimos días haciendo lo que realmente le gustaba: trabajar en su granja; por eso contra todos los consejos, se levantaba bien temprano  a realizar sus labores de granjero, con la que había hecho todo un imperio económico, por lo que se le consideraba uno de los hombres mas ricos de su país.   Gracias a su amor al trabajo y al dinero, podía sentir de vez en cuando que sus energías lo acercaban a los días de  su juventud cuando le decían que en eso de trabajar él  era un toro; aunque muy en sus dentro  sabía que ya nada era lo mismo; quería vivir eternamente, pero contaba cada día como si fuera el último porque sabía que con lo único que no podía contar era con el  tiempo. En una ocasión  se  acercó a su despacho uno de sus hombres de confianza, quien hacia las funciones de  capataz y mandadero, y  con quien conversaba de vez en cuando.
-¿Cómo etá patrón? Vine a bucá con  qué pagá alosombre que pusimo a trabajá eta mañana; ya terminaron su tarea, y e´shora. Dijo.
-¿Cuanto me dijiste que era eso? ¿Diez mil?- Preguntó Don Felipe.
-No patrón; son do shombre por camión. Enviamo die camione y vente hombre, que a mii peso pol dia, son vente mii; y eso sin contá mi propina.- Bromeó Vicente,
Don Felipe subió un maletin, lo abrió en el escritorio, y se acordó de algo.
Mierda, Vicente! Yo con tanto dinero y me voy a  morir- Dijo, mientras acariciaba las manillas de billetes producto de una semana de negocios.  
-No diga eso patrón, que a uté le falta mucha vida por viví- Lo consoló.
- Qué va,  lo mío es cosa de días; los médicos me dijeron que sólo un trasplante me salva, y a lo que veo la lista es larga delante de mi esperando el turno. Soy un cadáver andante, Vicente.- Dijo.
 -Mire patrón, uté e´ un hombre muy impoltante para todo ete pueblo, y que decí que del paí; lo meno que le puede faltá e´ quien se sacrifique por uté. Por ahí anda mucha gente que no sive pa´ na´ que lo meno que puede hacé e´negociá uno de loshijo  como si fuera  un novillo y resolvele ese problema; dejeme eso a mi, que yo me encalgo.  Dijo, mientras una idea diabólica le pasaba por la mente.
-Vicente, ¿en qué estas pensando?- Preguntó Don Felipe, mientras le contaba veinte billetes de mil, y lo ponía en sus manos.
-Bien; no se preocupe le dije, patrón, y déjeme eso a mi, que yo le aviso.- Acotó el capataz antes de irse, envolviendo los billetes con  la lista de los nombres a  quienes debía pagar. El patrón lo vio salir, y sin saber porqué sintió un soplo de  esperanza por aquellas palabras.
    Era viernes, y Felipito salió de la escuela; tomó la ruta acostumbrada,  internándose por el estrecho, y desolado camino vecinal que lo conducía a su casa,  entre los espigados  cañaverales de aquel batey donde apenas vivía gente.
   El niño vio un camión detenido con el bonete abierto, en medio de la calle, y debajo,  un hombre  con herramientas  en las manos como reparando algo.
-Mijo, ven acá; ahí hay do galone detrá de la cola; tráeme el que tiene agua, hame el favol.- Solicitó el hombre.
    Se escuchó un desplome.
   En la noche el capataz solicitó ver al patrón que en ese momento se hallaba en  la galería de su casa descansando en su mecedora preferida.
    -Dime, Vicente, qué te trae por aquí a esta hora ¿tienes problemas?- preguntó Don Felipe.
-No,  patrón, pero me gutaria que me diera  un permisito para tratale algo.- Contestó el capataz, buscando que los dejaran solos.
-Siéntese, y no se apure que yo estoy haciendo la cena- Dijo la esposa del Patrón mientras caminaba a la cocina.
  -El asunto ta resuelto patrón; ya tenemo al que va donar- Dijo el capataz hablando entre los dientes.
   -No relajes, Vicente, ¿Cómo lo conseguiste y quien es? ¿Cuanto hay que pagar?- Preguntó Don Felipe,  sorprendido.
     -Lo conseguí en el Batey donde uté tiene  lo conejo; el muchacho ta loco, y su papá no lo quiere, le ofrecí dociento mii peso por el muchachito,  pero su mamá no sabe ná; tengo que entregá ese dinero mañana temprano.- Mintió.
     -¿Donde lo tienen?- preguntó Don Felipe.
-Amarrao en el camión, lo dormí con burrundanga; hay que andar rápido que se puede afisiar - Dijo el capataz, quien a pocos minutos recibía doscientos mil pesos por parte de su patrón.
     Un medico cirujano llegó tarde en la noche, y amaneció en la casa.
Al otro día se anunció a los allegados la operación de Don Felipe, porque por fin  apareció un donante.
     Ya había partido el vehículo que lo trasladaría a la clínica cuando llamaron; era la otra mujer del patrón, con quien había procreado un hijo en el Batey,  para informarle que el niño no había regresado  de la escuela desde el día anterior; creyeron que  a causa de la operación no era factible avisarle a Don Felipe, por lo que prefirieron guardar silencio.
     La operación fue un éxito, aparentemente el órgano era compatible, por lo que se creía no habría rechazo de ningún tipo;  lo que  sí había que hacer era  aislar al paciente de todo contacto con el mundo exterior hasta que estuviera fuera de peligro.
     Durante el tiempo de recuperación de Don Felipe, la policía investigaba la desaparición de un niño en el Batey Canta La Rana, y todo señalaba al conductor del único vehículo que pasó por aquel lugar ese día, y que fue visto trasladando contenedores de conejos vivos.
       Al cabo de tres meses, la recuperación del operado era irreversible; sentía la fuerza y el vigor de la juventud recorrerle el cuerpo con la misma vitalidad de un  adolescente, cuando llamaron  a  la puerta que daba a la calle; era la policía.
        Los acontecimientos sucedieron uno tras otros; el capataz fue hecho preso, y se declaró culpable por  el rapto del menor; Don Felipe dijo que sobre ese caso no sabía nada.
        Días después, desde el fondo de un aljibe extrajeron las osamentas  de varios cadáveres; uno de ellos era el de un niño con   un hueco en el pecho, y que aún llevaba el uniforme de la escuela.
        Don Felipe encontró la muerte  horas más tardes, victima de un infarto fulminante al corazón, cuando tomó una llamada donde le informaban que el niño desaparecido y que fue encontrado en un hoyo cerca de su casa, era su hijo.


FIN

Pablo Martínez
Dominicano

miércoles, 12 de septiembre de 2018

UN HERMOSO ANTROPÓFAGO (cuento)


        Lo conoció en un bus camino a la capital; era tan hermoso, que creyó que una estrella de cine  se le había escapado a Hollywood, por lo que pensó que era necesario hacerse notar de alguna manera para llamar su atención, y lo logró; como ese día encontró el bus lleno,  le correspondió ir de pie; sólo tuvo  que esperar un frenazo para dejarse caer justo sobre las  piernas de él , y luego pedir una excusa que resultó  en acercarlos más de lo esperado.
    Así  comenzó el noviazgo entre Raquel y Dino, cuya  relación  maduró lo suficiente como para contraer matrimonio, y comenzar a preparar los papeles con los que  la novia viajaría a Europa con el fin de residir en el país  de donde era oriundo su esposo.
    La boda fue muy sencilla; los novios lo dispusieron todo de manera que no se llamara mucho la atención, invitando estrictamente a la  familia,  y uno que otro vecino, para no rayar en los extremos. Otra cosa que quedó claro, fue que no habría luna de miel hasta tanto la pareja pudiera reencontrarse de nuevo en el país de residencia, por lo que se descartó hacer alguna reservación en un hotel local, o del interior, pues habían quedado en que él partiría en la mañana temprano.
     Esa noche no hubo movimiento de cuerpos en el cuarto de Raquel, más bien, se escucharon los tempraneros ronquidos del recién casado, pues desde temprano se le notaba exhausto del  cansancio.
     En la mañana siguiente, Dino tomó un avión y se fue del país con destino a Europa, quedándose aquella hermosa mulata  a la espera de concluir el proceso para partir días después.
     Los documentos no tardaron en completarse; no había pasado una semana cuando ya a Raquel le había llegado una remesa con los euros necesarios para concluir los trámites faltantes, y comprar el boleto de avión con el destino señalado.
      El proceso culminó con éxito, y Raquel pudo reunirse días después con su esposo, quien la esperó en el aeropuerto para llevarla con él a la casa.
      Desde que salieron de las áreas urbanas, Raquel notaba extrañada como se iban alejando de los espacios habitados, al tiempo que se internaban en un área rural compuesta por una amplia zona boscosa, en la que de vez en cuando podía verse algún rancho abandonado y en ruina.
       Después de seis horas del largo trayecto en el que apenas hablaron, llegaron a una casona de piedra y madera, que quedaba justo al centro de una extensa finca de pastizales y espinos.
       Al entrar a la casa, Raquel tuvo miedo; pensó en su madre y su vida feliz en su país natal. No comprendía nada.
        Dino la tranquilizo, hablándole sobre las mejoras que haría en los próximos días; entró las maletas hasta la habitación que usaba, y le preparó el baño.
        Mientras Raquel se disponía a desvestirse para bañarse, Dino hacia una llamada.
-          Ya es la hora; está en el baño. ¿Cuanto son? ¿Quince? Anden…y no olviden que esta vez me toca la cola y la cabeza.- concluyó.
     Esa noche, aquella vieja casona volvió a cobrar vida como cada cierto tiempo; hubo gritos, alcohol, drogas, sexo,   y música estridente hasta el amanecer; también hubo estofado.
      Apenas a un mes del viaje de Raquel, su madre comenzó a llamar a la embajada para saber su paradero; siempre se le veía salir con un pañuelo en las manos, y luego se sentaba en una mecedora a llorar su desventura, por lo ingrata que le salió su hija.
        Una década después un hombre fue arrestado, y confesó que formaba parte  una secta neonazi que reclutaba personas en diferentes países; que después de violar, y matar a sus victimas,  se las comían.
       A ese hombre lo llamaban Dino.




FIN

Pablo Martínez
Dominicano


lunes, 10 de septiembre de 2018

DIENTE ( Cuento)


DIENTE (Cuento)

     Gustavo nació con dientes, y para colmo, nació con uno que le sobresalía a los demás, por lo que desde que vio la luz, su propia familia le pusieron el mote de: Diente.
La vida de Diente no era nada agradable, pues con ese sobrenombre, no pedía llegar muy lejos; sus oficios no pasaban de labores agrícolas, pero en el que más se destacó fue como ayudante de albañilería en el que trabajó hasta pasados los veinte años.
Diente desarrollo un cuerpo fornido, y por esa razón se le vio sirviendo de pacificador en algunos bares del pueblo, por lo que el dueño de una discoteca muy popular en su época lo contrató como seguridad y orden. 
      En esas labores pasaba su tiempo; sacando borrachos impertinentes y evitando líos. La gente del pueblo lo conocía bien y lo quería, al igual que los empleados de la discoteca.
Una noche, un cliente pasado de tragos se puso de mal humor, discutiendo de manera acalorada con el dueño de la discoteca; el cliente era un hombre fuera de seria, mucho más fuerte que Diente, quien no tuvo mas remedio que enfrentarlo tratando de maniatarlo para que saliera del negocio. El forcejeo llegó hasta la pista de baile. Allí estaban solos los dos; la gente se aglomeró alrededor de ellos, y comenzaron a aplaudir con algarabía cada vez que había un juego de llave del que podían zafarse. La gente gritaba: pégale el diente, pégale el diente; pero Diente solo quería aquietarlo. Por fin apareció el dueño del negocio, e hizo una seña para que diente dejara el pleito, y así lo hizo. Aquello había sido todo un espectáculo.
      A la mañana siguiente, apareció un carro negro en la discoteca. Un hombre con lentes oscuros, acompañado del cliente impertinente de la noche anterior bajó del automóvil. El dueño de la discoteca envió por Diente, quien tenia el día libre, y al llegar se sentaron a conversar.
- ¿Que le pareció el espectáculo de anoche, el que dieron su empleado y mi amigo aquí presente?- preguntó el hombre al dueño de la discoteca, en el momento en que se quitaba los lentes, y dejaba ver sus ojos claros.
-No sé, su amigo estuvo muy impertinente anoche, y Diente solo hacia su trabajo.- Dijo.
-Usted no me ha entendido.- Sacó una cámara video casette, y le mostró el video de la pelea- Observe bien, mire como gritan, disfrutaban de la pelea.-
- Y que tiene que ver eso con mi negocio, yo vendo bebida y hago fiestas, de eso vivo.- dijo el dueño de la disco.
-Aun sigue sin entender. Soy promotor de lucha libre, y lo que ocurrió anoche fue intencional, no fue improvisado para nosotros. Estamos buscando luchadores en toda América Latina; creo que aquí hemos hallado un buen prospecto. Le propongo diversificar el espectáculo. Entre las diversiones de la discoteca estarán los encuentros de lucha libre, si usted quiere nos hacemos socio en esa parte del negocio, pero hay que empezar ahora mismo a diseñar un nuevo interior para que quepa más gente y el espacio del ring. Ya veo en mi mente la cartelera del próximo mes.- Dijo.
    El dueño se dejó convencer de aquel hombre, y firmó contrato. El negocio fue cerrado durante dos semanas para reparación, tiempo que le dieron para que Diente descansara. 
El día esperado llegó; desde hacia una semana completa se anunciaba en cartelera frente a la discoteca, y los parlantes no dejaban de vocinglar en todas las calles la sensación del momento: Diente contra Cabeza de Hierro. 
    El dueño de la discoteca esperaba impaciente por su empleado. Le dijeron que tenían mucho sin verlo, pero que de seguro ya aparecería.
Los trabajos de ampliación habían quedado a las mil maravillas, y el decorado fue modificado de tal manera que era notorio el cambio radicar que se había hecho. Al centro, un gran ring de lucha libre, adornado de luces multicolores, se destacaba como atracción principal en aquel gran escenario.
    Al pasar las horas la situación se puso más difícil; Diente no aparecía por ningún lado.
Un mensajero llegó con algo en las manos, procurando al dueño.
-Dígame ¿En qué puedo servirle joven? – Preguntó el dueño, entre la música estridente del lugar que ya empezaba a recibir gente.
-Aquí le traje algo que me mandaron traer.- Dijo, pasandole un paquetito
El dueño de la discoteca se apartó un poco hasta buscar un espacio, y poder ver el mensaje.
Era una cajita, como de fósforo, junto a una tarjetita envuelta en papel de regalo. Abrió la tarjetita, y leyó: Toy pegando block en San Martín. Lo siento mucho. Se aflojó y no hubo mas remedio que sacarlo. Ahí se lo mando. Atentamente: Gustavo.
Al abrir la cajita, el dueño de la discoteca pudo visualizar un gran incisivo central superior de alrededor de cuatro centímetros, y lo reconoció; sí, ese era. 
Esa noche, dos luchadores se enfrentaron en el debut de las nuevas instalaciones; uno de ellos llevaba una mascara y un gran diente colgado del cuello. 
- pégale el diente, pégale el diente.- vociferaba la gente dese ese día en los momentos más decisivos de la lucha libre.
    Tiempo después, en el interior del país, un hombre afable jugaba dominó junto a sus amigos; apenas hacia unos meses que había llegado de la ciudad, y ya todos lo conocían; él era Gustavo, el Albañil. 

FIN
   
FIN

Pablo Martínez
Dominicano

jueves, 6 de septiembre de 2018

LA PAUSA (relato)


       Los rigores con que Beatriz creció no le permitían andar en malos pasos; su madre le había dicho que si metía la pata tenia que jugársela sola,  porque lo que todos esperaban de ella, era que fuera una sierva del señor,  inmaculada y casta, y que cuando se decidiera por tener marido, lo hiciera con todas las de la ley;  profesional, y debidamente casada por la iglesia, como era su deseo.
      Lo que su madre no sabia, era que  la joven Beatriz,  hacia tiempo que salía con un chico que conoció, y  que su relación era tan profunda que muchas veces lo normal era no ir a clases, sino, verse con él  en cualquier lugar, ya fuera en cabañas, casa de amigos, o al aire libre.
      Por esa razón, cada vez que su madre comenzaba con su perorata, ella se sentía importunada, y lo que hacia era trancarse en su cuarto, y no abrir la puerta hasta que fuera  a salir de la casa a ver al novio, con el pretexto de que  se iba a estudiar.
      Su relación iba viento en popa, cada vez con más ilusión y pasión, hasta que un día estaba sentada en una butaca tomando clases, y sintió un vértigo extraño que la hizo perder el conocimiento despertando en la enfermería de la universidad, con la noticia de que estaba embarazada.
      No hubo peor noticia que aquella. Sintió que su vida terminó en ese instante, y su malestar físico, se convirtió en un tormento nunca antes sentido en lo que llevaba de vida. 
Su pensamiento entró en confusión extrema.
       Pensó en su madre y sus consejos permanentes, cuando le  advertía  que si no se cuidaba tendría que bandeársela sola, y resolver  con su vida.
No paró de llorar todo el trayecto hasta donde tomaría el bus. La gente le preguntaba,  pero ella callaba.  
       Después de pensarlo bien decidió compartir aquella situación con el causante de su desgracia: su novio.
 - No hay  mas remedio, me tendré que ir  a vivir amancebada con mi novio, tendré el bebé y después nos casaremos, así que lo llamaré. - pensó, al tiempo que marcaba su numero.  
- Hola, amor… quiero hablar contigo personalmente; ¿tú puedes venir al Parque Independencia,  que  estoy cerca?-
- Dime, ¿pasa algo?- preguntó el novio
-No, nada, ven que no puedo decírtelo por teléfono.- Dijo la joven
- Llego ahí en alrededor de cuarenta y cinco minutos, dependiendo del transito.- Dijo el novio.
 -Esta bien, te espero, ven rápido… besos.- Concluyó la joven.
        Una hora mas tarde llegó el novio, amoroso y contento con su amada. Se sentaron en uno de los bancos del lugar, y comenzó el interrogatorio de lugar.
-Dime, ¿te hizo algo tu mamá? ¿Necesitas algún dinero?- peguntó  el novio de manera  inquisidora.
- Nada de eso; sólo quiero saber si tú me amas como yo a ti.- indagó la chica.
- De amarte, amarte, claro que te amo;   sabes que eres la  chica que más me gusta ¿Y qué con eso?  Preguntó al terminar.
         -Es que hoy perdí el conocimiento, sentí un mareo, y desperté en la enfermería. No quería decirte nada, pero estoy embarazada.- Dijo, casi imperceptible.
   -¿Qué? ¿Que estas embarazada, dijiste? Pero que tiene eso que ver conmigo. Si estas embarazada debe ser de algún otro. Ustedes las chicas siempre salen con alguien más; no puede ser mío. Dijo el novio, contrariado.
- Qué me estas diciendo, si sabes que sólo salgo contigo; no tengo dudas de que eres el padre, no fue por eso que te llamé. Es que mi madre me va a matar si se entera, por lo que lo mejor es que me vaya vivir contigo- Dijo.
- Pero ¿tú esta loca? Tú no puedes vivir conmigo, ya yo tengo una mujer mudada, y tenemos un hijo; así que vete a ver como tú resuelves eso. Si quieres te consigo algún dinero para que te lo saques. Dijo,  el hasta ese momento amoroso novio.
      Las palabras sobraban ese día. La renuencia del joven, a aceptar aquella situación la hizo comprender el error que había cometido. Pensó en su madre, y se dio cuenta que tenia razón; siempre la tuvo, pero ella nunca la  tomó en cuanta.
      ¿Qué haría ahora? ¿Adonde iría?- Pensaba, mientras se volvía un mar de llanto.
Caminó toda la Avenida Mella hasta la cabecera del puente, y decidió cruzarlo a pie. Miró la gran altura que había hasta el río, y lo turbio y profundo de las aguas.  Se imaginó volando en un clavado mortal, y sembrarse hasta el fango de aquel lodoso, y contaminado río, que semejaba mas un pantano asqueaste y cenagoso.  Se detuvo un momento, e intentó trepar las barandillas, pero una mano la contuvo firmemente. Era su novio, y andaba con su mejor amiga de la universidad
-¿Ven acá mi amor, qué piensas hacer?- Dijo. Mientras la abrazaba tiernamente.
      Le contó que ya su amiga le había dicho todo antes de que ella  lo llamara, y que decidieron hacerle una broma, para ver como reaccionaba. Que aquello que  le había dicho no era verdad, y que tenía todo preparado en su casa para para empezar una vida juntos. El alma le volvió a entrar en el cuerpo, y entre sollozos se fue recobrando de aquella pesada broma.
      Esa noche, la madre de Beatriz la esperaba impaciente; ya debía haber llegado pensaba,   y  que tenía que ir con ella a la iglesia.
      Al llegar a su casa, el novio de Beatriz, estaba sumamente  contrariado y nervioso. Levantó el celular para leer un nuevo mensaje que decía: Gracias por la oferta;  tendré mi hijo sola. No te necesito. 
      En  la casa de la madre, la hermana de Beatriz recibió un mensaje de whatsaap.
- Dile a mamá  que no me espere, me quedé con mi amiga Vanesa.- Mas una foto de una prueba de embarazo que decía: POSITIVO.

FIN
     


     

Pablo Martínez
Dominicano.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

AHÍ DICE PÁJARO (relato)





          Cuando Jhonny cumplió los nueve años creía que ya era un hombrecito. Desde ese día, se le notaba mas despreocupado con el tiempo, y ya era costumbre sus tardanzas cuando lo mandaban hacer alguna diligencia, aunque fuera cercana. Todo eso cambió un día.
          Era un lunes radiante, de esos que invitan a devolver el domingo y tomarlo libre. Fue precisamente lo que Jhonny hizo; se fue directo al río con sus amiguitos a pasárselo de lo lindo, olvidándose por completo que el resto del mundo existia.
Ese día no hubo diversión que no realizara; desde jugar a las pancadas dentro del agua, hasta tumbar mangos en la rivera del río; no había nada mejor que pasársela junto a sus panas.
         Pero el tiempo pasó y se hizo tarde. Cuando su mamá, lo vio llegar, salió a su encuentro vara en mano.
- Mira muchacho ´el demonio, donde era que tu etaba metio que tampoco fuite a la ecuela; muchacho ´e la porra que no sabe ni lee.- Decía, mientras agarraba el libro de lectura por un lado y a su hijo por el otro.
- Yo se leer, mamá, yo se leer.- Dicia el niño al ver la actitud de su madre.
- -Déjeme ve si e verdá ¿Que dice aquí?- Dijo, señalando en el libro una imagen redonda.
- Aro- Respondió el niño.
- ¿Y aquí?- preguntó. Señalando la figura de un ave en el libro.
- Loro. Contesto el niño.
- No, ahí no dice loro; ahí dice pájaro. Muchacho tan bruto, y no quiere í a la ecuela- decia la madre, mientras lo azotaba con un fuete de charamicos, llenándolo de un ardor terrible y de arañazos por todo el cuerpo.
        Al otro día, Jhonny se fue temprano a la escuela. Aun estaba adolorido, y tenía algunas marcas de los fuetazos del día anterior. En el recreo le habló a su maestro y abrió el libro.
-Profesor, qué dice aquí.- señalando en el libro una imagen redonda.
-Aro- Respondió el maestro.
- Y aquí- Señalando en el libro la la figura de un ave.
-Loro- Contestó el maestro.
-Profesor, ¿usted esta seguro que ahí dice loro?- Preguntó de niño.
-Si, Jhonny, tú también lo sabes. Eso lo dimos la semana pasada.- Dijo el maestro.
-Profesor, es que mi mamá me pegó ayer, porque ella dice que no es loro, que ahí dice pájaro- dijo el niño.
-Mira, no se lo diga, pero parece que tu mamá no sabe leer. Cuando te pregunte, dile que ahí dice pájaro; pero cuando cualquiera te pregunte, o yo te pregunte, di como es en realidad.- Aconsejó el profesor para salir bien de aquella situación.
        Desde ese día, cuándo la mamá de Jhonny preguntaba qué decía en el libro, señalando la figura del ave; siempre le contestaba: Pájaro; si era el maestro, o algún compañero de clases quien preguntaba, su respuesta era: loro. 

FIN


Pablo Martínez
Dominicano

martes, 4 de septiembre de 2018

LA ALERGIA (relato)



       Las bombillas quemadas no sirven para nada, la gente acostumbra tirarlas a la basura desde que fueron inventadas, pero para Carlito, de apenas seis años no tenían precio. Desde que vio a sus amiguitos llegar con dos y tres bombillas cada uno, solo se preguntó: ¿donde estaba yo?
        Cómo era posible que todos ellos tenían muchas bombillas y él no, y no sabía donde encontrarlas. Preguntó dónde era que estaban. – Están en el patio de la casa del coronel.- le dijeron los demás chicos. El coronel, casi en espera de su  retiro por la edad, había estado al servicio de las fuerzas armadas en tiempo de la dictadura, y vivía con su esposa  en esa casona arrumbado como un mueble viejo más. Lo que nadie sabía, era que con ese coronel  trabajaba un tío suyo que era  policía, por lo que se veía  normal que de  vez en cuando visitara esa la casa donde ya lo conocían bien. No lo pensó dos veces, y salió a  buscar las bombillas. Como la casa no tenia cerca,  entró directamente al patio y lo recorrió todo. No había bombillas a la vista. Solo basura entre las yerbas, y algunos patos deambulando de aquí para allá.
        Contrariado, ya se iba  con las manos completamente vacías, cuando vio algo que le llamó la atención: un nido con huevos. Los revisó, y eran lindos, redonditos y blancos como perlas grandes. Irse sin  nada no parecía buena idea, así que tomó un huevo y   se marchó.
          Al llegar a su casa mostró el hermoso huevo que había encontrado, y le preguntaron donde fue que lo había hallado. - Una palomita bajo del cielo y lo puso ahí, al lado de los farallones,  y yo lo tomé, y me lo traje.- respondió, casi inocente. Tomó el huevo, y lo puso entre las brasas de un anafe repleto de carbón. A las dos horas llegó su tío el policía, y habló con su cuñada, una mujer recia y enemiga de lo ajeno.
-Carlito, ven acá. ¿Dónde fue que tú encontraste ese huevo?- Preguntó su madre.
-Bueno, una palomita bajó del cielo y lo puso ahí, por los farallones, y yo lo tomé.- Repitió el niño nuevamente.
       Nadie supo a donde fue a parar el huevo esa tarde noche. La madre no dio tregua, tomó unos ramos de yerbas secas, y le propinó una pela entre las piernas que los gritos se oyeron en todo el vecindario. Nunca había sentido algo semejante; un picor indescriptible al compás de los ramasos que creía interminables. Cuando por fin lo soltó, notó los arañazos que  le quedaron en todo el cuerpo. Aquello era algo  que nunca la olvidaría
        Tiempo después, ya con catorce años,  a inicio de la clase en la escuela,  llegó la hora del almuerzo, y Carlito no probó bocado, por lo que la maestra se le acercó preocupada.- Carlito, que te pasa que no comes, estas enfermo?- Preguntó.
-          No maestra, no puedo comer lo que trajeron de compaña, me hace daño- Contestó el adolescente.
-¿Cómo así  de que te hace daño? Si está buenísimo, es un guisado de huevo- Pregunto, al mismo tiempo que afirmaba la maestra.
- Si profesora, yo lo sé; lo que pasa es que desde chiquito a mi el huevo me da alergia.- Contesto el jovencito, y abrió un cuaderno.

FIN

Pablo Martínez
Dominicano.

lunes, 3 de septiembre de 2018

UNA COMIDA ( Relato)



      La opulencia en que vivía la familia Ramírez era conocida por todo el pueblo. Aquella casa, parecía más una mansión londinense en competencia con el palacio de  Buckingham, que una casa de familia donde apenas convivían cuatro personas, que eran atendidos por  quince empleados que se encargaban de todos los pormenores.

        La Doña era una mujer joven de apenas unos treinta y cinco años; una rubia altiva de buen porte, que se ganaba el respeto de quienes la conocían; el Don, que casi nunca estaba, era un hombre que rondaba los cincuenta años, quien tenía múltiples negocios en Suramérica que lo hacían durar largas temporadas apartado de la familia, por lo que ya era costumbre su ausencia. Su hijastro, Iván  tenia veinticinco años de edad, y en el pueblo se le consideraba un  azote por las diabluras que realizaba cuando tomaba alcohol. La menor era su hija Cristina, quien había cumplido los dieciocho, y se sabia de su retraso en el aprendizaje producto de una caída al nacer.

       El dinero para la familia no era problema, los negocios del Don eran tan lucrativos, que cuando salían de compras no pedían precio de los artículos, sin importar lo que fuera, desde ropa de marca, un automóvil o un yate. Fue por esa razón que nunca tomaron en cuanta la necesidad de estudiar una carrera, y realizar un oficio para ganarse la vida, algo que veían como una ofensa a su posición económica, ya que durar unos cinco años en la universidad era para ellos una perdida de tiempo.

       En aquella mansión, la comida era algo a lo que no le ponía atención; se desperdiciaba tanta, que se había vuelto algo normal ver  gente hurgando en sus desechos buscando todo tipo de comestibles con los que mantenían sus animales.

       Una mañana, la Doña se dirigía fuera de la casa en su convertible rojo, y en el  portón de salida, pudo ver a un hombre, junto a otras personas buscando entre la basura. Se sintió indignada, y se detuvo.

- Oigan, que buscan entre la basura.- preguntó-

El hombre, demacrado y andrajoso por la mala vida, se le acercó.

Na, patrona, solo bucamo algo pa ´ lo animale, y si nos sirve, pué, no lo comemo también.- Dijo, algo temeroso.

-   No saben que no se debe hurgar en la basura, que eso es insalubre, puede causarles una enfermedad que los puede matar;  que eso es cosa de  perros, no de seres humanos.  Nunca en la vida pudiera yo comer lo que haya en la basura, eso es degradante; eso es lo que luego le enseñan a sus hijos.- Concluyó.

       El indigente la vio acelerar despavorida, tomo sus cosas, y desapareció.

Eran apenas las ocho de la noche cuando llegó la noticia: Iván, el hijo del patrón se había matado en un accidente. Cuentan que había estado bebiendo todo el día, que  tomó una curva muy cerrada en la motora de alto cilindraje que conducía, y al caer sobre una roca se le abrió el cráneo, muriendo al instante.

      La muerte de Iván, causó una conmoción en la mansión. Llamaron al celular del Don, pero se escuchaba apagado. Siempre les decía, que si no lo ubicaban que no se preocuparan,  él volvería, que era sólo la falta de señal en el área donde tenía  las minas de esmeralda que explotaba en Venezuela hacia años. 

     El funeral se realizó sin la presencia del señor de la casa. Los empleados  comentaban lo que se decía en el pueblo; que aquella muerte fue lo mejor que le pudo pasar porque liberó  al patrón de un problema mucho mayor en el futuro. Muchos creían que la muerte de  Iván no se produciría de esa manera tan repentina y absurda; se lo imaginaban en medio de una masacre, en la que su ego se pondría de manifiesto,  como era su costumbre cuando bebía.

    El novenario tradicional en esas ocasiones transcurrió sin la presencia del Don, y sin saberse nada de su paradero.

     Pasaron tres meses desde la muerte de Iván, y  todo volvía a ser igual que antes, hasta que un día Cristina salió al pueblo con un empleado de la casa, y no regresó. La buscaron por todos los rincones, y se hicieron todas las investigaciones, y no hubo rastros de su paradero; las autoridades la dieron por desaparecida.

     La doña se quedó completamente sola. Sin rastro de su marido, tras la muerte de su hijastro, y  la desaparición de su hija, creía que no tenía  mas remedio que hacer un viaje al exterior y traerse a su hermana a vivir con ella. Ese era el pensamiento que le cruzaba por la cabeza cuando escuchó los helicópteros, ruidos de sirenas, de vehículos que llegaron de una manera aparatosa que hicieron que las seis hectáreas  de aquella mansión, se convirtieran en un hervidero de policías armados hasta los dientes. Pero no hubo resistencia. La Doña logro escabullirse hasta los pasadizos subterráneos  que solo ella conocía. 

      La casa fue ocupada, todos los empelados fueron arrestados para investigación. El misterio se había desvelado: el Don estaba siendo buscado por la DEA acusado de narcotráfico, y lo estaban cercando. Cerraron todas sus cuentas e incautaron todos sus bienes inmuebles y demás propiedades en distintos países: apartamentos, vehículos de lujo, yates, y montones de dinero en efectivo. La muerte de Iván no había sido un accidente, fue provocada por un agente anti narcóticos encubierto; y Cristina había sido detenida para dar detalles sobre la familia, y  la ubicación de su padre.

    A la mañana siguiente, la Doña logró llegar a un área alejada de la casa, y salió a la calle. No llevaba nada encima, solo la ropa que traía puesta. Se cotejo el cabello y se amarró una bufanda de vaqueros que  recogió al salir; tomó algo del polvo de la calle y se lo pasó por la cara, y la ropa, y caminó.

     Su cabeza estaba a punto de estallar. Sabia lo que estaba pasando; siempre supo sobre los negocios turbios de su marido. Era tan culpable como él de todo aquello, por lo que no podía dejarse atrapar, le   esperaba de veinte a treinta años en una cárcel de alta seguridad sin posibilidades de fianza.

      Antes de adentrarse a un área boscosa, miró a lo lejos, y observó cómo se levantaba   aquella gran mansión que era toda una joya de la arquitectura neoclásica, rodeada de gárgolas, pérgolas y gazebos, entre  una extensa jardinería bien cuidada. En ese momento se le llenaron los ojos de lágrimas.

      Entró al área boscosa, y caminó por horas. No había probado bocado desde el día anterior, por lo que se sentía muy débil, pero no podía parar. Llegó a la carretera; había cruzado el bosque. 

     Ante ella se levantaba un hermoso residencial donde vivían las familias adineradas de esa parte de la ciudad. Observó unas personas hurgando entre la basura de los ricos, y se acercó. Reconoció a alguien; era  el indigente a quien le hizo reproches frente a la casa. Había recogido algunas manzanas  y plátanos maduro de la basura. Avergonzada se acercó,   tomó algo y se lo llevó  a la boca.

-          Qué decía usté  patrona, que no se come la basura. Tanto tiempo  detrás suyo y mire como cae;  por la boca muere el pez. Queda usted arrestada, tiene derecho a un abogado,  todo lo que diga puede ser usado en su contra.- Dijo el agente encubierto Daniel Pérez, del departamento anti narcóticos.

    Tiempo después, en una prisión de máxima seguridad la doña negoció su salida, por lo que su sentencia de veinte años fue reducida a prisión cumplida. Todos aquellos lujos que había tenido ya no le hacían falta, ni le importaban; lo único que quería hacer al salir era quedarse en un modesto restaurante, tomar asiento, y comprar una comida.

 

 


 

Pablo Martínez

Dominicano