sábado, 7 de julio de 2018

EL MUNDO AL QUE LLEGUE



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL MUNDO EN EL QUE VIVI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

                                                                                                                                  Págs.

Introducción…………………………………………………………………………………………….1

 

Capítulo -1

1.1.Tiempos Difíciles………………………………………………………………………….…………2

1.2.San  Francisco de Macorís…………………………………………………………….……....……..3

1.3.La ocupación Americana y el Marine Kakindoc………………………………............…………….4

1.4.Los doce años y los Constitucionalistas……………………………………....…….….…………….5

1.1.Los Barrancones del Mirador del sur……………………………………………….….…….………6

1.2.General Agustín Núñez Noguera, un verdadero héroe………………………………...................…..7

1.3.El Teniente Mateo………………………………………………………………………….…………8

1.4.Aviso de desalojo……………………………………………………………………………………..9

 

Capitulo-2

2.1. Un Cambio de Rumbo.......................................................................................................................10

2.2. Adiós  a los Sueños…………………………………………………………………………………11

2.3. La adaptación………………………………………………………………………………………12

2.4. Mis Grandes Líderes de la Política………………………...……………………………………….14

2.5.1. Juan Pablo Duarte……………………………………..………………………………………….15

2.5.2. Joaquín Balaguer……………………………….……………….………… …………………….16

2.5.3. José francisco Peña Gómez………………...…………………………………………………….17

2.5.4. Juan Bosch………………………………..………………………………………..…..…………18

Capitulo-3

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


1.1

  1.1.       Tiempos difíciles

 

       El mundo al que llegué estaba pasando por una etapa muy difícil en el orden político a nivel internacional. No habían transcurrido cincuenta años del siglo XX cuando ya la humanidad había llegado a conocer dos guerras mundiales, y apenas habían transcurrido   diecisiete años del lanzamiento de las primeras bombas nucleares que devastaron las provincias japonesas de Hiroshima y Nagasaki (acontecimiento ocurrido   en el  1945).  El fin de la guerra supuso una derrota para Japón, mientras los dos países vencedores, aliados en la contienda, se erigían como las dos superponías mundiales, dividiendo al globo  en dos bloques rivales; mientras uno (EE.UU.),  propugnaba por el sistema capitalista,  el otro (URSS), propugnaba por el sistema comunista.  A tal punto se cegaron en su revalidad que se mantuvieron en una alocada carrera por ser primero en llegar a la luna, acontecimiento ocurrido el 20 de julio del 1959, con el lanzamiento del Apolo 11 desde Cabo Cañaveral, EE.UU. A ese periodo de rivalidad  entre las dos superpotencias, se le conoció  como “La Guerra Fría”.

       Eran tiempos en  que la posición geográfica de los países del Caribe, los hacían formar parte, casi de manera obligada de cualquier alianza internacional que lideraran los Estados Unidos de Norte América, sobre todo, por las grandes inversiones que estos tenían en el área.      

        Desde el 26 de julio de 1953 al 1ro.  de enero de 1959  Castro,  había encabezado con éxito una revolución armada, en Cuba,   en la que se  usaron técnicas novedosas de guerrillas rurales, internándose en las montañas de la Sierra Maestra.  La forma de lucha primero,  y la victoria de la revolución Cubana, después,  se convirtieron  en el referente de  muchos países latinoamericanos, que en la época estaban gobernados por dictadores. Esas dictaduras fueron el resultado del desorden político en que se encontraba la región, en el que las montoneras y los golpes de Estado hacían casi ingobernables esos países.  Los Estados Unidos no apoyaron en ningún momento aquella forma de lucha, por lo que los artífices de la Revolución cubana,  optaron por buscar apoyo logístico y económico fuera del Continente Americano,  precisamente, en la URSS que era en  ese momento el eje del “comunismo ateo y disociador” y adversario ideológico del espíritu que da origen a la proclama de intendencia de la gran  nación norteamericana.

       Cuando llegue al mundo, el  25 de enero del 1962, en el orden nacional, el país tenía apenas seis  días en que se había instaurado el segundo Concejo de Estado;  parte de su  misión sería  la de redactar una nueva constitución y celebrar elecciones generales que se llevarían a cabo el 20 de diciembre de ese mismo año.

        Muchos acontecimientos se habían dado  en  los siete  meses transcurridos  desde que  “ajusticiaran” al dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien fuera reconocido por ser uno de los más sanguinarios  de la región del caribe, y a quien  se le atribuye  la muerte de más de veinte mil personas.  La dictadura había causado mucho dolor en la mayoría  del pueblo dominicano, por lo que amplios sectores de la vida nacional, tales como la prensa escrita e intelectuales  de renombre, fueron afectados en su derecho a disentir en contra del régimen. Los intelectuales que no apoyaban la dictadura, fueron asesinados por sus ideas, y los que salieron con vida, encarcelados o terminaron en el exilio. Entre los asesinados, podemos mencionar a: Ramón Marrero Aristy, autor de la afamada novela “Over”; el escritor español Jesús de Galíndez, y entre los encarcelados, estuvieron: El Dr. Ramón de Lara, Juan Bosch, Ángel Miolan, Juan Isidro Jiménez… entre otros. 

       En Cuba, en el 1939 Juan Bosch, Enrique Cotumanama Henríquez, y Ángel  Miolan  fundaron el Partido Revolucionario Dominicano,  como un medio organizado para luchar contra el régimen de Trujillo.  Varias incursiones armadas fracasaron en su intento por deponer el régimen; entre estas expediciones estaban Cayo Confites, y  Constanza, Maimón y Estero Hondo, las cuales fueron las más importantes antes de la Conspiración de Luperón, que puso fin a la vida del generalísimo.

         En esa época más del  setenta por ciento de la sociedad era rural, y la conciencia cívica se hallaba en los segmentos urbanos que interactuaban en las ciudades, ya que la mayoría de las personas del campo era analfabeta y fiel seguidoras de El Jefe. Puede decirse que la escasa  clase media enfrentó la dictadura con su conciencia cívica armada de un  valor y un coraje que solo tienen los seres que están dispuestos a dar su vida por la libertad. La mayoría de los intelectuales del país terminaron siendo funcionarios del gobierno al servicio de la dictadura. Los que se opusieron, no vivieron para contarla o los salvó el exilio. Los estudiosos de aquella era, concluyen que los excesos del gobierno lo  llevaron a cometer el gran error de eliminar a las Hermanas Mirabal, con cuyo crimen quedo sellado el fin de la Era de Trujillo.  

       La vorágine política que vivió el país era parte de un proceso social iniciado hace dos siglo, desde el mismo momento en que la nación logrò su independencia, y afloraron las diferencias abismales entre los dominicanos.  Por tal razón, la historia ha sido testigo de acontecimientos que nunca debieron ocurrir, mucho menos contra aquellos que hicieron posible la nacionalidad dominicana, lograda a  fuerza de las ideas, de las armas, y prohijada  bajo el amparo de Dios.

       Al dar los siguientes ejemplos de lo que escribí en el párrafo anterior, mis ojos se humedecen  y  es un momento de sublime respeto y de amor  al mencionarlos: Juan Pablo Duarte, ideólogo y padre fundador de la nacionalidad dominicana; donó todos sus bienes y los de su familia a la causa de la independencia. Cuando las condiciones les  fueron dadas, regreso a su patria, enfermo y cansado, pero dispuesto a inmolarse por la restauración de la República. Su vida inmaculada y su ejemplo no tienen igual dentro de los padres de las demás naciones; su desprendimiento y amor infinito a la patria que idealizo lo hace trascender su condición de ser  humano y lo eleva a la estatura de lo divino. Murió en el exilio en Venezuela, el 15 de julio,   en la miseria, y con los pulmones perforados por la tuberculosis; Francisco del Rosario Sánchez, formidable padre fundador de nuestra nacionalidad, quien abrazara y encarnara  las ideas libertarias de Duarte. En ausencia de Duarte, Sánchez se constituyó en el motor de la causa separatista de la ocupación haitiana hasta la independencia, y continuo, sin descanso su lucha por restablecer la República. El 4 de julio del 1861 fue fusilado por orden de Pedro Santana, por oponerse a la anexión a España; Matías Ramón Mella, el brazo militar que inicio con un disparo al aire  la proclama de independencia. Fue exiliado a causa de sus ideas, y lucho en todas las causas posibles desde la creación de la República hasta la restauración. La honda  fidelidad de Mella a las ideas libertarías de Juan Pablo, lo hicieron abandonar sus posibilidades de crecimiento político, por lo que la historia recoge que murió en extrema pobreza afectado de disentería, el 4 de junio del 1964.

        Sirvan esos tres ejemplos para dar una idea de lo que ha sido el accionar  de las fuerzas oscuras que aun hoy gravitan en el escenario político contra los  que han puesto el interés del   pueblo por encima de sus intereses personales. La mayoría de las veces aquellos visionarios e idealistas, terminan traicionados por seres diminutos, incapaces de ver una pulgada más allá de sus narices. Esos seres nefastos de quienes hablo,  logran sus fines personales e individuales, gracias a sus ambiciones desmedidas, pero nunca trascenderán a la historia, a menos que sea como recuerdo de su vileza, y su vida llena de traiciones y engaños que han de empañar cualquier acto noble que alguna vez hayan hecho detrás de lograr sus objetivos.

        Nuestro país ha sido una cantera de hombres y mujeres nobles, llenos de valores,  y provistos de una capacidad de sacrificio sin igual en los momentos más amargos de nuestra historia. Se pueden contar por cientos las personas que han sido  mártires de la lucha por la libertad que han perdido la vida en defensa de la Patria y sus ideales más puros.

        En esos 118 años antes de mi nacimiento, la nación nunca tuvo paz, aunque, paradoja de la vida, tampoco había logrado mayor desarrollo y orden que en la ocupación norteamericana.   Los historiadores dicen que fueron múltiples las causas por las que los Estados Unidos intervinieron la República dominicana,  una de ellas habla del desorden en que estaba sumido el país en lo  político y lo económico; otra dice que con la ocupación, los norteamericanos lograban posiciones estratégicas en el Caribe  en tiempo de conflicto bélico, ya que la historia indica que en el 1914 se había iniciado la segunda guerra mundial.

        Aunque las voces nacionalistas se levantaron, y en el Este del país los hombres comunes se organizaron en un grupo de choque al que llamaron “Los Gavilleros” produciéndose enfrentamientos, en las que hubo importantes bajas,   los ocho años de ocupación norteamericana sirvieron para construir una formidable infraestructura de planteles escolares que eran una necesidad histórica, pues el desarrollo de la educación se estancó en el país a causa de las ocupaciones padecidas por distintas naciones; se creó  una red de carreteras  vitales para la comunicación interurbana, las cuales cruzaron la media isla  por los cuatro puntos cardinales.       La mayoría de estas obras fueron construidas con préstamos realizados por el gobierno de ocupación, con cargo a las finanzas públicas. La ocupación duraría desde el 1916 hasta el 1924, pero el gobierno norteamericano se mantendría con la administración de las aduanas hasta que los prestamos fueran saldados, cosa que se lograría años más tarde por iniciativa del Presidente Trujillo.

         Algunos de esos acontecimientos que hice mención son eslabones que formaron la cadena que llevaría a la celebración obligatoria de elecciones en el país post Trujillo. 

Junto a otras fuerzas sociales,  Juan Bosch gano esas elecciones celebradas el 20 de diciembre de ese año,  llevado de la  mano del PRD,  partido político que le sirvió de instrumento para la lucha social contra la dictadura.  

       Al momento de esas elecciones apenas tenía once meses de haber nacido en este mundo, y mi mente mira ese pasado lejano, como una nube difusa en la que se oyen voces y se ven imágenes que pasan ante mis ojos construyendo la historia de mi país y de mi vida.

1.2. San Francisco de Macorís.

       Decía mi madre, que mis recuerdos no podían ser posible, pues le contaba cosas que pocas veces se guardan en la memoria por la lejanía en el tiempo y la poquísima edad.

       Lo más recóndito que puede ir mi pensamiento, al tratar de dar paso a  los recuerdos de mi    infancia, es una rauda persecución que llega a mi memoria como en una carrera de imágenes sobrepuestas e imprecisas, y no logro determinar su procedencia. Muchas veces he pensado que son  una creación de mi mente al no encontrar mi pensamiento nada más qué  recordar.

       El dolor por la salida de mi madre junto a una comadre suya, es la única escena que recuerdo con claridad en los inicios de mi vida en este mundo,  en la que me veo dando mis temerosos primeros pasos, y en la que trato de alcanzar el carro que la llevaría a la Vega, no muy distante, pero que la alejaría de sus hijos por varios días.
       Si algo marcó mi vida desde mis primeros años fue esa ausencia de mi madre, pues desde entonces fui comprendiendo lo que se esconde en el corazón de los seres humanos y lo rudo que pueden ser  cuando se deja a su libre accionar aun cuando se es muy niño. Las travesuras de las que fuimos objeto por parte de los hijos de la comadre no se justificaban, a menos que ellos hubiesen sido las esponjas que absolvían los malos humores de su madre por las  molestias que podíamos causarle con nuestra presencia en   aquella casa que nos  habían prestado mientras mi padre no estaba con nosotros.

 

       La situación de la familia que el destino me mandó tener era sumamente difícil, pues debía contar con apenas unos meses de nacido cuando mi padre cayó preso a causa de un dinero que perdió en un negocio de billete y quiniela de la Lotería Nacional. Como no pudo pagar aquel dinero a réditos, le cantaron seis meses en la cárcel de La Victoria. Tiempo después él me contaría las vicisitudes y calamidades que padeció durante parte de aquellos seis meses que pudo librarse de cumplir en su totalidad a causa de su deplorable estado  de salud; le dieron libertad en desahucio, pensando que moriría y lo enviaron a su casa. 

         Vivíamos al lado de la comadre, compartiendo la misma casa, divididos por un seto de madera;  quedaba frente a la calle principal de aquel pueblo polvoriento y ruinoso, en el que podía percibirse a simple vista la angustiosa vida de su gente, en aquellas largas y tediosas jornadas del trabajo agrícola  que se iniciaba antes del alba y terminaba al ocultarse el sol.
       Una de las maldades que nos hacían los hijos de la comadre consistía en hacer popo  frente a nuestra puerta, y el constante acoso de la casa diciéndonos que nos fuéramos, más las muecas de desprecio  cuando mis hermanos reclamaban,  se clavaron en mi  corazón de forma dolorosa, tanto, que aún no logro quitar de mi memoria todo aquello.       Esos fueron momentos que marcaron mi existencia para siempre, pues me enseñaría muy temprano lo que se esconde detrás de las imágenes que presentan algunas  personas, que en la mayoría de los casos son más importantes que todo lo que conocemos de ellas.
       Mi familia estaba compuesta de siete personas, mi padre Antonio, mi madre América, mis hermanos Ramón y Rafael, y mis hermanas: Ramona Soledad y María Altagracia. Debo decir que a causa de las condiciones de la época  o quizás por la pobreza extrema de mi familia, el segundo hijo de mis padres a quien llamaban “Moreno” murió mucho antes que yo naciera, por lo que la familia debía estar formada por ocho personas.
      La vida de soltero de mis padres antes de formar una familia estuvo llena de grandes dificultades que sirvieron para irles acercando el uno del otro hasta ese encuentro fortuito y mágico que une a las parejas de por vida.

MI PADRE

     Mi padre era el mayor de nueve hermanos, de una familia de descendencia hebrea-española, de esas que se radicaron en los campos de esta media isla y se dedicaron al cultivo de la tierra, y que más tarde vendieron sus predios quedando en la miseria, y formando parte de aquella sociedad de gente humilde que vivía de la siembra en pequeños huertos, o de emplearse como peones en las fincas de los mismos a quienes las vendieron.
      Una noche mi abuelo, a quien le gustaban los tragos, golpeó a mi abuela en frente de mi padre y éste le reclamó diciéndole que peleara con un hombre, cosa que le valió una cachetada en pleno rostro y por la cual, mi padre tomó la decisión de marcharse de su casa, regresando años más tarde cuando ya su madre había muerto. Nunca olvidaría aquellos infaustos días en que tuvo que vivir de peón de fincas siendo apenas un jovenzuelo.
      Le ocurrió que un día de esos, en que la peonada descansaba de sus labores habituales, uno de la casa para quienes trabajaba, buscaba a alguien que supiera de letras, y el único que todos los peones que tenía algún grado de escolaridad era mi padre, pues los demás eran totalmente analfabetas. Al parecer necesitaban a un promotor de “Ron el Caballito”, para que difundiera el producto en toda la comarca y la región del Cibao. Ese puesto requería de una persona con algunas cualidades que mi padre tenía: presencia física agradable, instrucción y don de gente.     Nunca nadie podría imaginarse lo difícil que le había sido a mi padre aprender a leer y a escribir en aquella época de dictaduras en la que lo único que el hombre tenía asegurado era un machete “siete canales” (como él mismo decía) para trabajar en las fincas. No fueron pocas las veces que fue recriminado por el abuelo para que dejara de asistir a las clases que durante las noches le impartía un señor que logró reunir algunos jóvenes alrededor suyo, quienes le pagaban una modesta mensualidad por la docencia. Nunca le hizo caso al abuelo quien,  aunque era un hombre trabajador, también era de genio resabioso y un bebedor consuetudinario; una réplica formada a semejanza de la política aplicada por la dictadura, para evitar que los hombres “perdieran el tiempo” en cosas banales ya que estaba prohibida la vagancia. Tal vez el abuelo tenía otras razones que jamás dijo, como que esas reuniones nocturnas podían traerle algunos problemas de índole político, pues éstas siempre atraían a algunos mirones que podían interpretarlas como conspirativas contra el régimen,  ya que se trataba de jóvenes, con aspiraciones de alcanzar mejores condiciones de vida, algo que para muchos parecía imposible, comenzando por sus padres que los necesitaban para las tareas agrícolas.
     Así aprendió a leer y a escribir mi padre, quien se convertiría en un ávido lector, hábito que le serviría más adelante para alcanzar la ilustración necesaria que le haría ser tomado en cuenta en algún momento de su vida, y  así fue.


     Mi padre fue contratado como agente vendedor de ron, puesto que para la época tenía cierta notoriedad en las zonas rurales y empobrecidas, pues, aparte de darle la libertad que muy pocos tenían, de recorrer todo el norte del país a caballo, convertía a quien lo ostentaba, en una figura notable en las actividades sociales que la marca patrocinaba.
     Fue así como de la noche a la mañana mi padre dio un salto en la escala social, que lo sacó de aquel estado deplorable, haciéndolo elevar su calidad de vida y poniéndolo ante la vista de sus antiguos compañeros, como una persona privilegiada.
     Pero dice el dicho que la suerte en casa de pobre dura poco. Así ocurrió. La noticia de la muerte de su madre, tres días después de ser enterrada, encontró a mi padre casi borracho, en plena celebración de las fiestas patronales del pueblo que le correspondió visitar en ese entonces. El efecto fue tan  contundente que abandonó la fiesta en medio del más grande de los dolores, renunciando de inmediato a su trabajo y diciéndole adiós al ruidoso mundo en que vivió todo aquel tiempo, para no regresar jamás.
   Al morir su madre, quedó una aureola de pesadez  que como una sombra, abrumaba el hogar ya incompleto, y ocurrió que a los pocos meses,  como una maldición o sortilegio extraño, se fueron apagando las vidas de tres hermanos de mi padre, los más pequeños, muriendo uno tras otros, quedando sólo seis, tres hembras y tres varones. 
    Fue así como mi padre  inicio otra etapa en su vida de errante vagabundo, que lo llevaron  a ganarse la vida de muchas maneras.
    Recuerdo una anécdota de su recorrido por el Cibao,  mientras vendía cuadros de santos católicos; me dijo que había dormido muchas veces donde le cogía la noche, que podía ser  una casa abandonada, a orillas de un río, o una cripta de un cementerio. A  él no le importaba el lugar para amanecer, pero en una ocasión  no había nada a la vista para pasar la noche, solo una vieja iglesia y estaba cerrada con candado.      Comenzaban las primeras lluvias de mayo, y la oscuridad caía con todo su peso sobre aquellas tierras fértiles, en las que los bosques estaban formados por frutales de todo tipo. Mi padre preveía un diluvio, y la iglesia cerrada. Tomó el candado ente sus manos y lo movió, y como por acto de magia se abrió,  pudiendo entrar al salón, y cotejarse en uno de sus bancos. Fue la única vez que no pudo dormir en todo su peregrinar; los ídolos de yeso, de san Martín de Porres, el Cristo crucificado, y la Virgen María, se veían  moviendo sus cabezas, en un dialogo mudo, alumbrados por los velones del altar de la iglesia, y los relámpagos de aquella  noche semi eterna.
   Al paso del tiempo, abandonó la venta de “santos” católicos, y comenzó a vender tela. Meses después incursionó en la venta de utensilios de cocina, y más adelante,  entro al negocio de vender billetes de lotería; fue  entonces cuando  conoció  a quien más adelante seria  mi madre.

MI MADRE

   Si alguna vez ha existido el amor sobre la tierra, después de Cristo, se encarnó en mi madre.
   Para poder describir su vida en ese mundo lleno de dolores y tristeza, debo hacer mención de cosas que ocurrieron, y que le afectaron durante toda su existencia.
   Por el año 1937 la dictadura inicio una política de repoblación de la frontera, y esto contempló la erradicación de los nacionales de la otra parte de la isla que habían ocupado de manera pacífica ese territorio, en el que ya  eran una población mayor que los locales. La historia cuenta que miles de  seres humanos fueron asesinados ferozmente a manos de la guardia, o de sicarios sacados de las cárceles para realizar esa “labor patriótica”. Aquello le causó muchos problemas a la imagen del dictador  a nivel internacional, pero también enraizó el racismo en este pueblo compuesto por personas  solidarias y llenas de humanidad.

     Recreo aquella situación vivida en esos tiempos porque en cierto modo afectaría indirectamente el destino de mi familia y por lo tanto, cambiaría el curso de mi vida.

    Mi abuelo materno, hombre de tez oscura,  era un campesino faldero que no tuvo decoro al enamorar a la hija más bonita del síndico de Nagua, a quien una noche, se llevó por una ventana, radicándose en Salcedo por alrededor de cinco años. En ese tiempo nació su primera hija, a quien más tarde apodaría Negrita, y luego nació su segundo hijo, a quien apodaría Negrito, por el “infortunio” de haber nacido también de te oscura.
    Cinco años se quedó mi bisabuelo esperando a quien se había llevado la prenda más preciada de toda la familia; escopeta en manos, pasaba horas en el parque a la entrada del pueblo esperando ver llegar al ladrón de su hija para darle lo que se merecía por tal afrenta. Ya era algo tarde cuando regresó el intrépido Don Juan, cinco años después; con dos  hijos  y mujer en manos, parecía más un hombre digno de pena que de venganza. Ante aquel panorama, no había nada que hacer que no fuera olvidar aquello y echarle tierra.
     Fue así como la situación económica  en que  vivía mi abuelo materno, comenzó a  prohijar sentimientos de repulsa en las hermanas de la abuela, alentándola a que lo abandonara por el color de su piel, y por la pobreza en que la tenía viviendo. Así ocurrió, mi abuela dejó al abuelo solo, y se fue a vivir donde  su familia,  arrepentida del error cometido años atrás, y también  dejó a sus hijos repartidos entre la familia del abuelo.

    Mi madre fue creciendo sin instrucción materna, ni escolar; sólo con las consejos de la tía de su padre quien la  crio y le enseñó los quehaceres y deberes de la casa, algo nada extraño en aquel tiempo, pues la mujer campesina  de entonces tenía menos oportunidades de estudio que los varones, a causa de la lejanía en que se hallaban las escuelas. Las pocas personas que lograron escolarizarse debían  caminar hasta quince kilómetros todos los días, sacrificio que pocos podían mantener en una época de poco transporte. Otro inconveniente era el alto costo de los útiles escolares, que para campesinos sumamente pobres, no había forma de costear; quiere decir que mi madre no aprendió a leer y a escribir; mi padre le enseñaría a firmar su nombre mucho tiempo después.

   

    

 

 

 
  


EL JONRÒN 62 (Relato)



Cuando Isabel entró a ver al médico ya la apendicitis le tenía adormida la pierna derecha. El cúmulo de gente no distaba mucho de los hospitales públicos de los que huía, por lo que sintió que no valió la pena hacer el sacrificio de ir a una clínica privada, que además era muy costosa.
Aunque le tocó el siete, sentía que delante de ella había un número interminable de gente por el dolor agudo que le entraba hasta las entrañas, y pensó que todo ese merodeo para ir a ver al médico no había sido más que una niñada suya, que en vez de ayudarla la hizo perder el tiempo.
A los demás en la sala de espera no les importaba el paso de las horas. Los televisores transmitían la serie de grandes ligas donde Daniel Rosa y Paul Mac Ray, tratarían de romper la marca de jonrones establecida por Peter Paris,  años atrás.
Sólo Isabel no le hacia caso.

El Dr. Reinoso no perdió tiempo en diagnosticarle lo que ya ella imaginaba: apendicitis aguda.
Miró al médico cotejando los archivos, mientras hablaba por teléfono – alò, cómo está Dr. Guerrero.
-Bien, esperando el palo
-?Todavía? Ese batazo no pasa de hoy. Estoy loco por salir de aquí para ver el juego; hace rato que empezó. Dígame, ¿qué tiene para hoy?
- Tengo una nefrectomía (1) a las cuatro; es la joven que me referiste la semana pasada, no se puede pasar de hoy, está muy mal.
-Bien, veré qué médico nos queda en cirugía.
Isabel lo miraba sin decir una palabra, entregada a la sabiduría de la ciencia; le habían dicho siempre que en eso de enfermedades los médicos son los que tienen la última palabra.

Cuando la auxiliar entró lo hizo de prisa, y no pudo evitarlo. En ese momento Isabel pensó que tal vez quería ver el juego igual que los demás, y por eso no dijo nada cuando al salir se le resbalaron los papeles que el Doctor le había  entregado; venia del consultorio del Dr. Guerrero.
-Usted anda sola o acompañada -Preguntó el doctor.
-Ando con mi mamá-dijo.
Bien, prepárese para cirugía, no se mueva de ahí.

Minutos más tarde, desde su habitación Isabel escuchó la algarabía que se produjo. Las calles se convirtieron en un caos. En todo el planeta tierra se paralizó el tiempo y sólo se escucharon las bocinas celebrando el jonrón sesenta y dos que había dado Daniel Rosa.

Eran casi las ocho de la mañana cuando pudo abrir bien los ojos; el tremendo malestar se le complicó con los vómitos de la anestesia que ya se le había pasado. No  perdieron tiempo y llamaron al médico que la había operado.
Desaliñado aún por el trasnoche de una noche mezcla de trabajo y de juerga, entró el Dr. Rogelio, Médico cirujano recién graduado.
La auscultaba, al tiempo que le indicaba calmantes.
-No le veo razón, la operación fue todo un éxito –dijo.
-Me duele doctor, me duele...
Gritaba Isabel, mientras se apretaba el lado derecho.
El doctor tomó el celular e hizo una llamada. -Doctor Guerrero, tengo una emergencia creo que algo salió mal con la operación de la paciente Ana Cecilia Manzueta, necesito de su colaboración. Trate de venir lo más pronto posible.
Al oír esto, la madre de Isabel que había amanecido junto a ella, se tiró de la cama.
-Cómo fue que usted dijo? Mi hija no se llama Ana Cecilia Manzueta, Se llama Isabel Basílica Taveras.
El médico miró incrédulo el historial clínico, y como en cámara lenta revivió los pasos que había dado hasta el momento en que el Dr. Agustín Guerrero, subdirector del centro, le confió realizar aquella operación a sabiendas de que tendría otra ese mismo día. Sólo se le escucho decir ¡ay, Dios!, antes de salir.

Isabel murió victima de una peritonitis aguda, a los cinco minutos de que, en la habitación diez cero dos, una paciente de nombre Ana Cecilia Manzueta,  falleciera a causa de insuficiencia renal.
Durante todo ese día, y mucho tiempo después, la radio, la televisión, y todos los diarios del mundo no dejaron de publicar en algún momento la trascendental noticia sobre el jonrón sesenta y dos de Daniel Rosa .


FIN


Pablo Martinez


(1)Extirpación del riñón

lunes, 27 de noviembre de 2017

martes, 7 de mayo de 2013

DICEN


Homenaje a José Saúl Rodríguez B 

Soy sólo un ser que va en pos de la poesía y las estrellas así sea un imposible el alcanzarlas...

Mi presentación son sólo unos versos que no me definen a mi sino a mi mente divagante y taciturna, espero hallar en esta página caminantes que tampoco hayan podido alcanzar sus sueños...

Dicen que mi locura es inocente,
pero me siento cruel y peligroso.
El néctar bebo de la flor silvestre
y de la hermosa rosa soy esposo.

Busco la libertad en las estrellas
y en las alturas del gorrión precioso.
Me gustar andar las playas más desiertas
y ver al mar que igual a mi está solo.

Muy peligroso soy mato las horas
con la ternura de mis tristes versos.
Soy cruel, dibujo miles de palomas
y las libero hacia el azul del cielo.

Dicen que no estoy loco, mas me encanta
hablar a solas y soñar despierto,
me enamoro muy fácil con el alma,
y más fácil olvido con el cuerpo.

Mi realidad no sé, es el refugiarme
acá en mi corazón días y siglos,
la multitud me aterra y es el mundo
para mi vano, insípido y baldío.

Dicen que no estoy loco, mas mis pasos
no sé hacia donde llevan mi cerebro.
Mis ojos ven mejor si están cerrados
y la voz sólo escucho del silencio.


José Saúl Rodríguez B (josepoeta1)
            (loscuentos.net)       



domingo, 5 de mayo de 2013

EL ÚLTIMO DE LA FILA (Relato)

       La playa estaba sin bañistas ese lunes por la mañana. Los lugares de estadía se veían desde lejos como adornos multicolores a lo largo del desierto de arenas blanquecinas, y la hilera de sillas desplegables semejaban fichas de dominó colocadas boca abajo.

Desde el pequeño puerto, entre las olas, podía verse los hoteles y los diferentes negocios bordeando el  lecho  marino, entre  cocoteros y canas  secas.

Llegó con un  bulto  transparente, semejante a una  funda  plástica gruesa, que dejaba  ver parte de lo que  contenía: una  toalla amarilla, un  pantalón de fuerte  azul desteñido, una  blusa verde de algodón, un  frasco de crema para  la piel, y  un monedero  azul  claro en forma de carterín.
Cuando  desplayó  sobre  la  arena sus carnes  de hembra apetecible, no  tardó  en  llamar  la  atención de los que  frecuentaban  el  lugar cada día en busca de pescar algunos dólares con los  turistas  de   paso. Es que era   bella, y ella lo sabía.
A pesar de su  evidente sobrepeso, que no  hacía  más que  resaltar  sus aparentes dotes de insaciable perra sexual, se adivinaba  todo  por las facciones de  su  cara; sus ojos de mirar malévolo y  provocador; sus labios  rojos y carnosos; su pelo negro, de asiática  herencia; el  tono de  su piel semi bronceado, y  con un aroma exquisito a perfume costoso. Y su cuerpo... no, su  cuerpazo ataviado sólo con unas  tangas rosadas de florecillas rojas y  brillantes, en el que no  había un solo detalle  que no  llamara a poseerla despiadadamente.
El vendedor de mariscos se dio cuenta de inmediato. Se le arrebataron las hormonas  mucho antes de verla. Su aroma   le  había  llegado de antemano,  como por un  instinto animalesco y  vulgar. Recordó que se  había  ido en  blanco  la  noche anterior, y  pensó  que  era  el  ron de caña fermentada el  causante de aquellas reacciones diabólicas que le erizaba  todo el  cuerpo.Se  le  fue acercando despacito, buscando que no se diera cuenta de su presencia invasora, pero no pudo, ella sintió  su mirada de perro realengo tragándosela por los ojos.
¿Qué quieres? - Preguntó de manera  brusca-.
-Nada, pasaba por aquí vendiendo mariscos- contestó el vendedor, algo nervioso.
-Pues no  te quedes  parado  y  déjame  ver que tienes ahí que me  guste,  tengo un hambre terrible- dijo  resuelta  la  mujer.

El vendedor se inclinó ante ella, mostrando   la  bandeja con su oferta de mariscos. Al ver los senos desnudos  de aquella voluptuosa mujer tan próximos, no   pudo  contener la lujuria  que le brotó de sus ojos ante tal  escena.
-Mira, deja  tu  nerviosismo, y déjame  ver  qué desayuno, que ayer me acosté tarde y  no  cené gran  cosa.  ¿Es que  tú nunca  ha  visto  una  mujer "encuera" en la playa?- le  reclamó  sin miramientos al vendedor.
-No tan…buena como…- le contestó turbado y algo  atrevido.
Tomó los preparados de mariscos de la bandeja y  comenzó a llevárselos a la  boca, mientras degustaba con  deleite  su  sabor con  sazón  criollo.

El vendedor la miraba con desfachatez en ese momento  casi íntimo en  que estaba justo  a  su  lado. – ¿Usted es de por aquí?- preguntó, mientras  la veía  probar un  bocado de  tentáculos de calamar.
-No, pero estoy  trabajando hace   unos  días por aquí cerca, en  Casa Pancho- contestó, al momento en que el vendedor desorbitaba sus ojos y abría la  boca al oír aquello.
Ocurría que Casa Pancho, era una reconocida  Casa de Citas a la cual acostumbraban a ir los  parroquianos  del lugar más acaudalados, así como turistas extranjeros en busca de placer.
-Por lo que  veo debe  irte  bien, eres   una mujer muy  linda y llamativa- dijo, ya  metido en  confianza.
-No me quejo. Soy  una  de las  que más gana  entre  todas las  muchachas- le dijo, al tiempo que  volvía  a degustar   otro  bocado, ahora  de camarones.
- ¿Y es  muy  complicado el  trabajo?- preguntó el  vendedor con algo de sarcasmo.
-Si supieras que disfruto  mi  trabajo. Todo lo que  hago  lo hago porque  me  gusta, y todavía no he tenido un solo cliente que se queje  de mis "servicios"- contesto con desfachatez.
-¿Y se puede saber a cuantos clientes atiendes en una noche? peguntó atrevido el vendedor.
- No a muchos. En lo que  llevo  no he  pasado de cinco, pero si aparecieran, te aseguro que puedo atender a más de quince; pudieran ser unos veinte, pero uno a  uno, eso  sí. - contestó con seguridad.
-¿Y cuanto  te pagan esos clientes?- preguntó nueva vez, con un  tono lleno de alevosía, mientras los diablillos de la codicia comenzaban a remolinarse a  su alrededor.
- A mi no me  pagan los clientes; ellos le pagan a la caja tres mil pesos por salida, y a mí  me tocan quinientos pesos de esos- dijo.
-Mira... ¿que sólo te  dan quinientos, y el resto se los queda el dueño del negocio?- preguntó sorprendido el vendedor, mientras incubaba una idea maligna salida del averno.
-Así mismo es. Pero no creas, también me hacen mis  regalitos de vez en cuando; los clientes son muy  bondadosos conmigo- concluyó.

- Oye, no sé qué piensas, pero yo  creo  que  una  mujer como tu puede pedir por esa  boca, y no  hay hombre que  no le de todo lo que quiera. Mejor ponte a trabajar  por tu cuenta y  tú vas a ver que te vas a hacer millonaria.- dijo el vendedor, mientras un hedor a azufre envolvía el ambiente.
-Eso es muy difícil. Imagínate si alguien quiere hacerle daño a  una, no sabría  como defenderme. Eso sería lo mejor, pero no es seguro.-dijo.
- Te voy a proponer un trato, a ver qué me dices, sí.-  Preguntó el vendedor, con su idea  ya terminada.
- ¿De qué trato es que me hablas? Mejor déjame desayunar tranquila y no hagas planes conmigo.- contestó simulando algo de molestia.
-Es un plan que tengo, mujer. Tú dijiste que puedes estar  hasta con veinte si es uno a  uno. ¿Fue eso que me dijiste, verdad?- preguntó  nueva vez.
-Si eso dije, y es la pura  verdad, pero eso a  ti  no  te  importa.- dijo.
-Pues mira, con mi plan no  vas  a tener que darle  ni  un  solo centavo a nadie de esa gente, y todo lo que consigas  será para ti; eso sí, a  mi que te  voy   ayudar debes  darme  algo para los fines de semana.
-Habla  a ver- Inquirió.
-Tú ves esa enramada de al lado?, pues sólo tienes que acostarte ahí adentro, que las pencas te tapan, y  déjame  el resto a  mi.- le dijo, al tiempo que la ayudaba a levantarse, totalmente dispuesta a  someterse a la voluntad del vendedor.
El ambiente empezó a  ponerse extraño, y la  mañana se nubló de cúmulos negros, cubriendo el sol.
Desde lejos, podía  verse la hilera de gente que se  fue formando frente a la  enramada.
Llegaron vendedores ambulantes, camareros, turistas trasnochados; llegaron hasta en motores de  las comunidades  cercanas. Todos dispuestos a no perderse la oportunidad de participar en aquella excitante sesión pornográfica.
La lujuria los  envolvió  por completo, y las escenas de pasión  se fueron repitiendo uno a  uno, tal  como habían  dicho. La  fila  se fue extendiendo, llegando a más de veinticinco almas las perdidas en el  infierno.
La  mujer no fue  vista jamás después de ese día. Preguntaron por ella en  la  Casa de  Citas; nadie la conocía. Durante un año completo, el  vendedor  no dejó de  pasar por el  lugar con la esperanza de volver a  verla, hasta que  casi se olvidó de ella.
En el pueblo, una rara enfermedad estaba haciendo estragos, mientras hombres y mujeres morían sin encontrar una  cura  para aquel mal.
Enflaquecido, el vendedor empezó a contar los conocidos por él, y que  habían muerto de forma semejante. - Déjame ver: Papito, el Camarero; Santiago, el Cocinero; Bartolo, el Motorista; Andrés, el pescador... ¡coñooooooo!- exclamó al darse cuenta que los que habían muerto tenían algo en común; todos  habían sido parte de la fila, y él era  el último.


FIN

miércoles, 8 de junio de 2011

CONVERSACIÒN EN FACEBOOK (Relato)

El trabajo entró en punto muerto.
Abrí mi facebook casi por casualidad cuando buscaba una cotización en mi email.
Vi que había siete personas en línea, entre ellas estaba Ircania, mi amiga de la universidad, y decidí perder un poco de tiempo…

Julián: -¡Hola, mujer malita! ¿Qué haces a estas horas de desayuno y trabajo?
Ircania: -jajaja…De mala bajé a malita. Aquí tranquila.
Julián: -Sí, porque la verdad que rompiste el “malòmetro”.
Ircania: -jajajaja…No me hagas reír, soy una víctima de la maldad de muchos.
Julián: -Coñete, toy jarto
Ircania: -Toy jarto es un movimiento de protesta.
Julián: -La maldad se pone de manifiesto cuando somos ingenuos.
Ircania: -Así es. Yo soy una ingenua soñadora y loca. Nunca lo he negado.
Julián: -Yo hago a conciencia lo que creo que se puede hacer en función de la realidad que vivo, sin pasarme de la raya, para no ser afectado por los malditos, que los hay por millones.
Ircania: -Muy bueno, yo no tengo límites.
Julián: -Lo malo de eso, es que la ingenuidad va acompañada de una alta dosis de bondad.
Ircania: - Hablamos luego, tengo una torturante hija queriéndome matar por unos muñequitos.
Julián: -Bueno, yo no tengo ni muñequitos. Feliz día.
Ircania: -Es bueno tener hijos. Es como dice el anuncio: caóticamente hermoso.
Julián: -Bueno, en este tiempo, ya no sé que es mejor. Sólo espero la muerte como forma de cambiar al mundo.
Ircania: -No seas dramático.
Julián: -Jajajajaajajaja…
Ircania: -Ten al menos un hijo y alcanzaras la gloria.
Julián: -O el infierno. Es que no veo nada claro a la vista. No podría dormir, ni comer mientras mis hijos estén fuera. No podría vivir. Es mejor estar como estoy.
Ircania: -No seas extremista.
Julián: - Me moriría a diario
Ircania: - Sabes, no tengo más nada en el mundo, pero tengo una hermosa niña y otro que está a punto de nacer. No pu…, no pido más. Con eso basta.
Julián: -Para mí, un bebé sería el fin de la vida.
Ircania: - Sueño con verlos crecer rodeados de versos e incoherencias que un día empezaré a publicar.
Julián: - Imagínate, yo con un hijo a estas alturas, cuando me quedan apenas 50 años de vida (bromeo).
Ircania: -No es así, un hijo complementará tu vida.
Julián: -Creo que sería el fin de mi vida. Las mujeres de hoy manipulan al hombre que las preña.
Ircania: - No, Julián. No es manipulación. Hay mucha irresponsabilidad en los hombres. .. y en las mujeres. Yo he tenido que asumir y vivir cosas que nunca creí. Vivir sola con mis hijos fue algo que no planee, pero está pasando.
Julián: -A un hombre de mi edad lo exprimen, lo torturan; le sacan el jugo sin piedad.
Ircania: -No es verdad, es que no tienes que buscar un vientre sin madre. Hay muchas mujeres que valen la pena, como hay muchos hombres.
Julián: -Coñete, no aparece una como tú tan fácil. El lio es que para eso hay que enamorarse como tú.
Ircania: -Sí, yo soy una loca, y me enamore porque creí que la vida era como yo la soñaba
Julián: -Si lo hubiera sabido hubiera sido tu siquiatra. Es una lástima, que la vida no sea un sueño. La realidad es cruda.
Ircania: - Así es. Adiós…Ya no soporto más presión de mi hija.
Julián: -Si no hay qué comer, hay que tener dinero para comprar. Si no hay dinero, hay que buscar trabajo.
Ircania: -Así es…
Julián: -Si no hay trabajo, hay penurias…Si hay penurias, se acaba todo lo que vale, porque se pierde hasta la dignidad.
Ircania: -Y cuando te ves sola, que lo que ganas no es suficiente para solventar la vida, el amor se va al carajo.
Julián: -Un día te conté algo de una amiga (que en paz descanse).
Ircania: -Sí, me has contado muchas historias de mujeres.
Julián: -Cuando la conocí, ella vivía en un cuartucho estrecho, con todo en el mismo lugar. A las doce del día todo era calor, sofocante y pegajoso. Los niños escogían momentos como esos para llorar al mismo tiempo, o para joder la tambora. Ella hubiera sido una atleta de futuro.
Ircania: -Terrible...
Julián: - Pero se enamoró de un jodido. No pensó en nada, se lo dio todo a él y se quedó sin nada.
Ircania: -Así somos las mujeres cuando nos perdemos.
Julián: -Perdió su afición por los deportes después del primer bebé. Luego llegó el otro, y el otro…, y ya eran tres los chicos por mantener. La cosa se les puso difícil, y terminaron en aquel cuartucho de mala muerte…
Ircania: -Yo no quio…
Julián: -Ella dejó de sentir deseos por él.
Ircania: -No quiero tener más. Pienso poner límites aquí. Quiero luchar por los sueños que me quedan, aunque ya sean pocos.
Julián: - …Y comenzó a lamentar aquella vida junto a él. Por eso, comenzó a tomar en las bodegas. Dejó al marido. Era aún hermosa. Se fue a la “búsqueda” a las playas de Puerto Plata, en donde la infectaron de VIH.
Ircania: -Que lástima, sólo por un desgraciado.
Julián: -Ella infectó luego a un amigo que tomaba con ella. Infectó a su esposo (con quien se acostaba de vez en cuando).
Ircania: -El amor cuando se convierte en decepción y sufrimientos vuelve loco a cualquiera...
Julián: Yo estoy vivo porque ella no quizo contagiarme
Ircania: -Dios…
Julián: -Porque un día compartimos unas cervezas. Y la encaminé. Y yo quería estar con ella. Era una mujer tierna…
Ircania: -Tuviste suerte.
Julián: -…que llamaba a estar cerca de ella. Era muy tierna y cariñosa. No puta, ni frívola. Era comprensiva. El amigo más cercano de ella, cuando supo de qué murió se suicidó ahorcándose en su casa.
Ircania: -No creo que lo hacia pork quería. La vida obliga a veces a hacer muchas estupideces. Adiós…
Julián: - Ella me d…, dijo un día que la estrechez y hacinamiento destruyen el amor...
Ircania: -Eso es cierto. Ya no soporto esta muchachita. Hablamos luego. A mí me aayud…, a mí me ayudan…, pero casi todo... soy yo sola… y estoy harta.

Ircania está desconectado/a.

Terminó la conversación, y pasaron las horas. Salí del trabajo a eso de las tres de la tarde.
Al llegar a mi casa encendí la televisión y me puse a ver como andaba el mundo. Me impactó la noticia sobre tres jovencitos, casi niños, que habían asesinado a siete taxistas, y que fueron atrapados por la policía porque no advirtieron que su última víctima aún estaba vivo.
Cuando le preguntaron por qué cometieron esos crímenes, respondieron que por diversión, que a ellos les gustaba ver sangre. Nunca olvidaré sus risas mientras eran conducidos a la cárcel.
Esa tarde, no sé por qué recordé a Ircania luchando con su hija, y sentí pena por ella.
Ayer fui al mercado y compré un perro. Se llama Julián, como yo.


FIN

©Pablo Martínez
(Dominicano)

martes, 14 de septiembre de 2010

MUERTE DE DUARTE

Como homenaje a nuestro Padre de la Patria, reproduzco este articulo.

En Caracas, la noche del 14 de julio del 1876, Duarte se acercaba a su fin y mientras sus hermanas, Rosa y Francisca, velaban a su lado; su hermano Manuel, perdida la razón, disparataba en una habitación vecina. La más completa miseria imperaba en la casa, cuyo mobiliario era escasísimo. Rosa y Francisca vivían de la costura y sus ganancias eran tan exiguas que apenas podían subsistir. Tal era el ambiente en el que Duarte se hallaba próximo a morir, después de padecer durante un año de una agotadora enfermedad que lo convirtió en un espectro. Contaba con 63 años y parecía tener más de ochenta. Una vida de enfermedades, privaciones y sacrificios lo habían reducido a esa penosa situación.

Para sus vecinos de Caracas Duarte era un dominicano que había tenido cierta importancia en su país o por lo menos eso era lo que parecía.
Lo que esas gentes ignoraban era que si los Duarte se hallaban en tan espantosa miseria se debía al amor que sintieran por su patria porque en dos ocasiones, en el 1844 y en el 1863, sacrificaron por ella el patrimonio familiar. Tampoco sabían que ese anciano, que lucía abstraído y enfermo, había sido uno de los patricios más puros de América, que se había entregado a servir a su patria con “alma, vida y corazón”. Y desconocían que ese dominicano tan pobre, que vivía tan obscuramente, había sido considerado como el Jesús Nazareno de los dominicanos.
En cuanto a sus hermanas, esas mismas gentes ignoraban que esas pobres mujeres, que ahora ni siquiera tenían buena vista para coser, en unión de su madre, ya fallecida, habían fabricado más de 5,000 balas para la independencia de su país. Pero volvamos al enfermo. A las dos de la mañana del sábado el silencio envolvía a Caracas. La noche avanzaba y la ciudad lucía desierta.
En la triste casa de los Duarte, Rosa y Francisca velaban.
Todo anunciaba la proximidad del final, y en la habitación del moribundo, mal alumbrada por una vela, los rezos alternaban con el silencio.
La hora adelanta y la respiración del enfermo se hace más difícil. La espera es larga. Por fin, a las tres de la mañana, del 14 de julio del 1876, el moribundo exhala su postrer suspiro. La habitación se llena de sollozos. Rosa y Francia floran inconsolables. Duarte ha muerto. Ha fallecido lejos de la tierra que lo vio nacer, en un rincón de Caracas, olvidado de sus compatriotas y sumido en la más negra miseria.
Así murió Duarte, el que amara a nuestra Patria con “alma, vida y corazón”
El que sacrificara dos veces su patrimonio familiar para hacemos libres. Así murió el que, según Rosa Duarte, “subió al cielo a entregar su palma y su cruz, cruz y palma que le habían sostenido hasta consumar su martirio “.En el curso del día 15 se realizó el entierro. Pocos acudieron al mismo. Los vecinos más inmediatos y alguno que otro amigo.
Duarte era un extranjero sin importancia. Un patriota fracasado, y a los entierros de personas así la gente no acude en demasía.
Fue enterrado en el cementerio de Tierra de Jugo, en una humildísima sepultura, donde permaneció en espera de que sus compatriotas llevasen sus restos a su patria.
Como su deseo había sido el que se le enterrase en tierra dominicana, sus hermanas se encargaron de cumplirlo. Pero antes era preciso pagar las deudas de su enfermedad y entierro.
Habían pasado siete años y las mismas no habían podido pagarse. En vista de eso, solicitaron ayuda al Gobierno Dominicano y éste las pagó.
Rosa y Francisca atendían con amoroso cuidado la tumba de su hermano, al que consideraba un santo, y juzgaban sus restos “como una reliquia santa que las protegía, inspirándoles valor y resignación para llevar con dignidad y heroísmo su penuria y su martirio’”.Así permanecieron las cosas hasta que a los ocho años de su muerte, en el l844, el Gobierno Dominicano dispuso el traslado de sus restos a la patria.
Sus hermanas se sintieron felices, y vieron en eso, una intervención de la Providencia que hizo a los “magistrados dominicanos abrir el libro de los inmortales para escribir en sus páginas la gloriosa apoteosis de uno de sus más preclaros hijos”.Para traerlos a la patria se nombró una comisión que se trasladó a Caracas en una goleta de igual nombre para que condujera los retos de Duarte al país, después de proclamada la independencia.
Dicha goleta se llamaba La Leonora.
Extraídos los restos del cementerio de Tierra de Jugo, se colocaron en una urna, y en la iglesia de Santa Rosalía, se celebró un servicio fúnebre en memoria de Duarte. La comisión dominicana presidió el duelo y al acto religioso asistieron diversas autoridades venezolanas.
Al llegar los restos a Santo Domingo, el Ayuntamiento en pleno se traslado al muelle del Ozama, donde los recibió de manos de la comisión que los trajo de Caracas.
El río Ozama ha sido testigo de muchos episodios de la vida de Duarte. Durante su infancia lo vio corretear por sus orillas.
En su adolescencia, lo miró acercarse a las naves, hablar con los marinos e indagar acerca de las vidas y costumbres de otros pueblos. Lo contempló embarcarse rumbo a Europa, lleno ilusiones y deseoso de ampliar sus conocimientos para ayudar a su padre en el negocio.
Lo vio regresar con deseos de libertar a su patria. Fue testigo de la labor escolar que emprendiera, y junto a sus riberas, lo oyó adoctrinar a sus discípulos, hablarles de la redención de la patria. Más tarde, lo vio, fugitivo, cruzar sus aguas, huyendo de la persecución haitiana, y después, lo miró retornar triunfador, una mañana gloriosa, en la que fue recibido por el pueblo y las autoridades. Luego, lo contempló regresar prisionero y vencido, y a continuación, lo vio partir desterrado y acusado de traicionar a la patria que fundara. Ahora ve llegar su despojos y contempla al pueblo recibirlos con veneración y respeto.
Las cosas han cambiado. Duarte se ha hecho inmortal. El pueblo lo ha reconocido como Padre de la Patria y le rinde homenaje a sus restos, que fueron depositados en la Comandancia del Puerto, donde fueron custodiados por una guardia de honor.
Después de permanecer allí cierto tiempo fueron solemnemente conducidos hasta La Catedral donde fueron colocados en la nave principal, y en ella, el entonces presbítero, Femando Arturo de Mariño, el mejor orador de la época, pronunció un bellísimo discurso en el que expresó el deseo de que en La Patria y Dios Duarte descansara en paz.


http://elabejon.blogspot.com/p/juan-pablo-duarte-su-muerte.html