lunes, 27 de noviembre de 2017











































































martes, 7 de mayo de 2013

DICEN


Homenaje a José Saúl Rodríguez B 

Soy sólo un ser que va en pos de la poesía y las estrellas así sea un imposible el alcanzarlas...

Mi presentación son sólo unos versos que no me definen a mi sino a mi mente divagante y taciturna, espero hallar en esta página caminantes que tampoco hayan podido alcanzar sus sueños...

Dicen que mi locura es inocente,
pero me siento cruel y peligroso.
El néctar bebo de la flor silvestre
y de la hermosa rosa soy esposo.

Busco la libertad en las estrellas
y en las alturas del gorrión precioso.
Me gustar andar las playas más desiertas
y ver al mar que igual a mi está solo.

Muy peligroso soy mato las horas
con la ternura de mis tristes versos.
Soy cruel, dibujo miles de palomas
y las libero hacia el azul del cielo.

Dicen que no estoy loco, mas me encanta
hablar a solas y soñar despierto,
me enamoro muy fácil con el alma,
y más fácil olvido con el cuerpo.

Mi realidad no sé, es el refugiarme
acá en mi corazón días y siglos,
la multitud me aterra y es el mundo
para mi vano, insípido y baldío.

Dicen que no estoy loco, mas mis pasos
no sé hacia donde llevan mi cerebro.
Mis ojos ven mejor si están cerrados
y la voz sólo escucho del silencio.


José Saúl Rodríguez B (josepoeta1)
            (loscuentos.net)       



domingo, 5 de mayo de 2013

EL ÚLTIMO DE LA FILA (Relato)

       La playa estaba sin bañistas ese lunes por la mañana. Los lugares de estadía se veían desde lejos como adornos multicolores a lo largo del desierto de arenas blanquecinas, y la hilera de sillas desplegables semejaban fichas de dominó colocadas boca abajo.

Desde el pequeño puerto, entre las olas, podía verse los hoteles y los diferentes negocios bordeando el  lecho  marino, entre  cocoteros y canas  secas.

Llegó con un  bulto  transparente, semejante a una  funda  plástica gruesa, que dejaba  ver parte de lo que  contenía: una  toalla amarilla, un  pantalón de fuerte  azul desteñido, una  blusa verde de algodón, un  frasco de crema para  la piel, y  un monedero  azul  claro en forma de carterín.
Cuando  desplayó  sobre  la  arena sus carnes  de hembra apetecible, no  tardó  en  llamar  la  atención de los que  frecuentaban  el  lugar cada día en busca de pescar algunos dólares con los  turistas  de   paso. Es que era   bella, y ella lo sabía.
A pesar de su  evidente sobrepeso, que no  hacía  más que  resaltar  sus aparentes dotes de insaciable perra sexual, se adivinaba  todo  por las facciones de  su  cara; sus ojos de mirar malévolo y  provocador; sus labios  rojos y carnosos; su pelo negro, de asiática  herencia; el  tono de  su piel semi bronceado, y  con un aroma exquisito a perfume costoso. Y su cuerpo... no, su  cuerpazo ataviado sólo con unas  tangas rosadas de florecillas rojas y  brillantes, en el que no  había un solo detalle  que no  llamara a poseerla despiadadamente.
El vendedor de mariscos se dio cuenta de inmediato. Se le arrebataron las hormonas  mucho antes de verla. Su aroma   le  había  llegado de antemano,  como por un  instinto animalesco y  vulgar. Recordó que se  había  ido en  blanco  la  noche anterior, y  pensó  que  era  el  ron de caña fermentada el  causante de aquellas reacciones diabólicas que le erizaba  todo el  cuerpo.Se  le  fue acercando despacito, buscando que no se diera cuenta de su presencia invasora, pero no pudo, ella sintió  su mirada de perro realengo tragándosela por los ojos.
¿Qué quieres? - Preguntó de manera  brusca-.
-Nada, pasaba por aquí vendiendo mariscos- contestó el vendedor, algo nervioso.
-Pues no  te quedes  parado  y  déjame  ver que tienes ahí que me  guste,  tengo un hambre terrible- dijo  resuelta  la  mujer.

El vendedor se inclinó ante ella, mostrando   la  bandeja con su oferta de mariscos. Al ver los senos desnudos  de aquella voluptuosa mujer tan próximos, no   pudo  contener la lujuria  que le brotó de sus ojos ante tal  escena.
-Mira, deja  tu  nerviosismo, y déjame  ver  qué desayuno, que ayer me acosté tarde y  no  cené gran  cosa.  ¿Es que  tú nunca  ha  visto  una  mujer "encuera" en la playa?- le  reclamó  sin miramientos al vendedor.
-No tan…buena como…- le contestó turbado y algo  atrevido.
Tomó los preparados de mariscos de la bandeja y  comenzó a llevárselos a la  boca, mientras degustaba con  deleite  su  sabor con  sazón  criollo.

El vendedor la miraba con desfachatez en ese momento  casi íntimo en  que estaba justo  a  su  lado. – ¿Usted es de por aquí?- preguntó, mientras  la veía  probar un  bocado de  tentáculos de calamar.
-No, pero estoy  trabajando hace   unos  días por aquí cerca, en  Casa Pancho- contestó, al momento en que el vendedor desorbitaba sus ojos y abría la  boca al oír aquello.
Ocurría que Casa Pancho, era una reconocida  Casa de Citas a la cual acostumbraban a ir los  parroquianos  del lugar más acaudalados, así como turistas extranjeros en busca de placer.
-Por lo que  veo debe  irte  bien, eres   una mujer muy  linda y llamativa- dijo, ya  metido en  confianza.
-No me quejo. Soy  una  de las  que más gana  entre  todas las  muchachas- le dijo, al tiempo que  volvía  a degustar   otro  bocado, ahora  de camarones.
- ¿Y es  muy  complicado el  trabajo?- preguntó el  vendedor con algo de sarcasmo.
-Si supieras que disfruto  mi  trabajo. Todo lo que  hago  lo hago porque  me  gusta, y todavía no he tenido un solo cliente que se queje  de mis "servicios"- contesto con desfachatez.
-¿Y se puede saber a cuantos clientes atiendes en una noche? peguntó atrevido el vendedor.
- No a muchos. En lo que  llevo  no he  pasado de cinco, pero si aparecieran, te aseguro que puedo atender a más de quince; pudieran ser unos veinte, pero uno a  uno, eso  sí. - contestó con seguridad.
-¿Y cuanto  te pagan esos clientes?- preguntó nueva vez, con un  tono lleno de alevosía, mientras los diablillos de la codicia comenzaban a remolinarse a  su alrededor.
- A mi no me  pagan los clientes; ellos le pagan a la caja tres mil pesos por salida, y a mí  me tocan quinientos pesos de esos- dijo.
-Mira... ¿que sólo te  dan quinientos, y el resto se los queda el dueño del negocio?- preguntó sorprendido el vendedor, mientras incubaba una idea maligna salida del averno.
-Así mismo es. Pero no creas, también me hacen mis  regalitos de vez en cuando; los clientes son muy  bondadosos conmigo- concluyó.

- Oye, no sé qué piensas, pero yo  creo  que  una  mujer como tu puede pedir por esa  boca, y no  hay hombre que  no le de todo lo que quiera. Mejor ponte a trabajar  por tu cuenta y  tú vas a ver que te vas a hacer millonaria.- dijo el vendedor, mientras un hedor a azufre envolvía el ambiente.
-Eso es muy difícil. Imagínate si alguien quiere hacerle daño a  una, no sabría  como defenderme. Eso sería lo mejor, pero no es seguro.-dijo.
- Te voy a proponer un trato, a ver qué me dices, sí.-  Preguntó el vendedor, con su idea  ya terminada.
- ¿De qué trato es que me hablas? Mejor déjame desayunar tranquila y no hagas planes conmigo.- contestó simulando algo de molestia.
-Es un plan que tengo, mujer. Tú dijiste que puedes estar  hasta con veinte si es uno a  uno. ¿Fue eso que me dijiste, verdad?- preguntó  nueva vez.
-Si eso dije, y es la pura  verdad, pero eso a  ti  no  te  importa.- dijo.
-Pues mira, con mi plan no  vas  a tener que darle  ni  un  solo centavo a nadie de esa gente, y todo lo que consigas  será para ti; eso sí, a  mi que te  voy   ayudar debes  darme  algo para los fines de semana.
-Habla  a ver- Inquirió.
-Tú ves esa enramada de al lado?, pues sólo tienes que acostarte ahí adentro, que las pencas te tapan, y  déjame  el resto a  mi.- le dijo, al tiempo que la ayudaba a levantarse, totalmente dispuesta a  someterse a la voluntad del vendedor.
El ambiente empezó a  ponerse extraño, y la  mañana se nubló de cúmulos negros, cubriendo el sol.
Desde lejos, podía  verse la hilera de gente que se  fue formando frente a la  enramada.
Llegaron vendedores ambulantes, camareros, turistas trasnochados; llegaron hasta en motores de  las comunidades  cercanas. Todos dispuestos a no perderse la oportunidad de participar en aquella excitante sesión pornográfica.
La lujuria los  envolvió  por completo, y las escenas de pasión  se fueron repitiendo uno a  uno, tal  como habían  dicho. La  fila  se fue extendiendo, llegando a más de veinticinco almas las perdidas en el  infierno.
La  mujer no fue  vista jamás después de ese día. Preguntaron por ella en  la  Casa de  Citas; nadie la conocía. Durante un año completo, el  vendedor  no dejó de  pasar por el  lugar con la esperanza de volver a  verla, hasta que  casi se olvidó de ella.
En el pueblo, una rara enfermedad estaba haciendo estragos, mientras hombres y mujeres morían sin encontrar una  cura  para aquel mal.
Enflaquecido, el vendedor empezó a contar los conocidos por él, y que  habían muerto de forma semejante. - Déjame ver: Papito, el Camarero; Santiago, el Cocinero; Bartolo, el Motorista; Andrés, el pescador... ¡coñooooooo!- exclamó al darse cuenta que los que habían muerto tenían algo en común; todos  habían sido parte de la fila, y él era  el último.


FIN

miércoles, 8 de junio de 2011

CONVERSACIÒN EN FACEBOOK (Relato)

El trabajo entró en punto muerto.
Abrí mi facebook casi por casualidad cuando buscaba una cotización en mi email.
Vi que había siete personas en línea, entre ellas estaba Ircania, mi amiga de la universidad, y decidí perder un poco de tiempo…

Julián: -¡Hola, mujer malita! ¿Qué haces a estas horas de desayuno y trabajo?
Ircania: -jajaja…De mala bajé a malita. Aquí tranquila.
Julián: -Sí, porque la verdad que rompiste el “malòmetro”.
Ircania: -jajajaja…No me hagas reír, soy una víctima de la maldad de muchos.
Julián: -Coñete, toy jarto
Ircania: -Toy jarto es un movimiento de protesta.
Julián: -La maldad se pone de manifiesto cuando somos ingenuos.
Ircania: -Así es. Yo soy una ingenua soñadora y loca. Nunca lo he negado.
Julián: -Yo hago a conciencia lo que creo que se puede hacer en función de la realidad que vivo, sin pasarme de la raya, para no ser afectado por los malditos, que los hay por millones.
Ircania: -Muy bueno, yo no tengo límites.
Julián: -Lo malo de eso, es que la ingenuidad va acompañada de una alta dosis de bondad.
Ircania: - Hablamos luego, tengo una torturante hija queriéndome matar por unos muñequitos.
Julián: -Bueno, yo no tengo ni muñequitos. Feliz día.
Ircania: -Es bueno tener hijos. Es como dice el anuncio: caóticamente hermoso.
Julián: -Bueno, en este tiempo, ya no sé que es mejor. Sólo espero la muerte como forma de cambiar al mundo.
Ircania: -No seas dramático.
Julián: -Jajajajaajajaja…
Ircania: -Ten al menos un hijo y alcanzaras la gloria.
Julián: -O el infierno. Es que no veo nada claro a la vista. No podría dormir, ni comer mientras mis hijos estén fuera. No podría vivir. Es mejor estar como estoy.
Ircania: -No seas extremista.
Julián: - Me moriría a diario
Ircania: - Sabes, no tengo más nada en el mundo, pero tengo una hermosa niña y otro que está a punto de nacer. No pu…, no pido más. Con eso basta.
Julián: -Para mí, un bebé sería el fin de la vida.
Ircania: - Sueño con verlos crecer rodeados de versos e incoherencias que un día empezaré a publicar.
Julián: - Imagínate, yo con un hijo a estas alturas, cuando me quedan apenas 50 años de vida (bromeo).
Ircania: -No es así, un hijo complementará tu vida.
Julián: -Creo que sería el fin de mi vida. Las mujeres de hoy manipulan al hombre que las preña.
Ircania: - No, Julián. No es manipulación. Hay mucha irresponsabilidad en los hombres. .. y en las mujeres. Yo he tenido que asumir y vivir cosas que nunca creí. Vivir sola con mis hijos fue algo que no planee, pero está pasando.
Julián: -A un hombre de mi edad lo exprimen, lo torturan; le sacan el jugo sin piedad.
Ircania: -No es verdad, es que no tienes que buscar un vientre sin madre. Hay muchas mujeres que valen la pena, como hay muchos hombres.
Julián: -Coñete, no aparece una como tú tan fácil. El lio es que para eso hay que enamorarse como tú.
Ircania: -Sí, yo soy una loca, y me enamore porque creí que la vida era como yo la soñaba
Julián: -Si lo hubiera sabido hubiera sido tu siquiatra. Es una lástima, que la vida no sea un sueño. La realidad es cruda.
Ircania: - Así es. Adiós…Ya no soporto más presión de mi hija.
Julián: -Si no hay qué comer, hay que tener dinero para comprar. Si no hay dinero, hay que buscar trabajo.
Ircania: -Así es…
Julián: -Si no hay trabajo, hay penurias…Si hay penurias, se acaba todo lo que vale, porque se pierde hasta la dignidad.
Ircania: -Y cuando te ves sola, que lo que ganas no es suficiente para solventar la vida, el amor se va al carajo.
Julián: -Un día te conté algo de una amiga (que en paz descanse).
Ircania: -Sí, me has contado muchas historias de mujeres.
Julián: -Cuando la conocí, ella vivía en un cuartucho estrecho, con todo en el mismo lugar. A las doce del día todo era calor, sofocante y pegajoso. Los niños escogían momentos como esos para llorar al mismo tiempo, o para joder la tambora. Ella hubiera sido una atleta de futuro.
Ircania: -Terrible...
Julián: - Pero se enamoró de un jodido. No pensó en nada, se lo dio todo a él y se quedó sin nada.
Ircania: -Así somos las mujeres cuando nos perdemos.
Julián: -Perdió su afición por los deportes después del primer bebé. Luego llegó el otro, y el otro…, y ya eran tres los chicos por mantener. La cosa se les puso difícil, y terminaron en aquel cuartucho de mala muerte…
Ircania: -Yo no quio…
Julián: -Ella dejó de sentir deseos por él.
Ircania: -No quiero tener más. Pienso poner límites aquí. Quiero luchar por los sueños que me quedan, aunque ya sean pocos.
Julián: - …Y comenzó a lamentar aquella vida junto a él. Por eso, comenzó a tomar en las bodegas. Dejó al marido. Era aún hermosa. Se fue a la “búsqueda” a las playas de Puerto Plata, en donde la infectaron de VIH.
Ircania: -Que lástima, sólo por un desgraciado.
Julián: -Ella infectó luego a un amigo que tomaba con ella. Infectó a su esposo (con quien se acostaba de vez en cuando).
Ircania: -El amor cuando se convierte en decepción y sufrimientos vuelve loco a cualquiera...
Julián: Yo estoy vivo porque ella no quizo contagiarme
Ircania: -Dios…
Julián: -Porque un día compartimos unas cervezas. Y la encaminé. Y yo quería estar con ella. Era una mujer tierna…
Ircania: -Tuviste suerte.
Julián: -…que llamaba a estar cerca de ella. Era muy tierna y cariñosa. No puta, ni frívola. Era comprensiva. El amigo más cercano de ella, cuando supo de qué murió se suicidó ahorcándose en su casa.
Ircania: -No creo que lo hacia pork quería. La vida obliga a veces a hacer muchas estupideces. Adiós…
Julián: - Ella me d…, dijo un día que la estrechez y hacinamiento destruyen el amor...
Ircania: -Eso es cierto. Ya no soporto esta muchachita. Hablamos luego. A mí me aayud…, a mí me ayudan…, pero casi todo... soy yo sola… y estoy harta.

Ircania está desconectado/a.

Terminó la conversación, y pasaron las horas. Salí del trabajo a eso de las tres de la tarde.
Al llegar a mi casa encendí la televisión y me puse a ver como andaba el mundo. Me impactó la noticia sobre tres jovencitos, casi niños, que habían asesinado a siete taxistas, y que fueron atrapados por la policía porque no advirtieron que su última víctima aún estaba vivo.
Cuando le preguntaron por qué cometieron esos crímenes, respondieron que por diversión, que a ellos les gustaba ver sangre. Nunca olvidaré sus risas mientras eran conducidos a la cárcel.
Esa tarde, no sé por qué recordé a Ircania luchando con su hija, y sentí pena por ella.
Ayer fui al mercado y compré un perro. Se llama Julián, como yo.


FIN

©Pablo Martínez
(Dominicano)

martes, 14 de septiembre de 2010

MUERTE DE DUARTE

Como homenaje a nuestro Padre de la Patria, reproduzco este articulo.

En Caracas, la noche del 14 de julio del 1876, Duarte se acercaba a su fin y mientras sus hermanas, Rosa y Francisca, velaban a su lado; su hermano Manuel, perdida la razón, disparataba en una habitación vecina. La más completa miseria imperaba en la casa, cuyo mobiliario era escasísimo. Rosa y Francisca vivían de la costura y sus ganancias eran tan exiguas que apenas podían subsistir. Tal era el ambiente en el que Duarte se hallaba próximo a morir, después de padecer durante un año de una agotadora enfermedad que lo convirtió en un espectro. Contaba con 63 años y parecía tener más de ochenta. Una vida de enfermedades, privaciones y sacrificios lo habían reducido a esa penosa situación.

Para sus vecinos de Caracas Duarte era un dominicano que había tenido cierta importancia en su país o por lo menos eso era lo que parecía.
Lo que esas gentes ignoraban era que si los Duarte se hallaban en tan espantosa miseria se debía al amor que sintieran por su patria porque en dos ocasiones, en el 1844 y en el 1863, sacrificaron por ella el patrimonio familiar. Tampoco sabían que ese anciano, que lucía abstraído y enfermo, había sido uno de los patricios más puros de América, que se había entregado a servir a su patria con “alma, vida y corazón”. Y desconocían que ese dominicano tan pobre, que vivía tan obscuramente, había sido considerado como el Jesús Nazareno de los dominicanos.
En cuanto a sus hermanas, esas mismas gentes ignoraban que esas pobres mujeres, que ahora ni siquiera tenían buena vista para coser, en unión de su madre, ya fallecida, habían fabricado más de 5,000 balas para la independencia de su país. Pero volvamos al enfermo. A las dos de la mañana del sábado el silencio envolvía a Caracas. La noche avanzaba y la ciudad lucía desierta.
En la triste casa de los Duarte, Rosa y Francisca velaban.
Todo anunciaba la proximidad del final, y en la habitación del moribundo, mal alumbrada por una vela, los rezos alternaban con el silencio.
La hora adelanta y la respiración del enfermo se hace más difícil. La espera es larga. Por fin, a las tres de la mañana, del 14 de julio del 1876, el moribundo exhala su postrer suspiro. La habitación se llena de sollozos. Rosa y Francia floran inconsolables. Duarte ha muerto. Ha fallecido lejos de la tierra que lo vio nacer, en un rincón de Caracas, olvidado de sus compatriotas y sumido en la más negra miseria.
Así murió Duarte, el que amara a nuestra Patria con “alma, vida y corazón”
El que sacrificara dos veces su patrimonio familiar para hacemos libres. Así murió el que, según Rosa Duarte, “subió al cielo a entregar su palma y su cruz, cruz y palma que le habían sostenido hasta consumar su martirio “.En el curso del día 15 se realizó el entierro. Pocos acudieron al mismo. Los vecinos más inmediatos y alguno que otro amigo.
Duarte era un extranjero sin importancia. Un patriota fracasado, y a los entierros de personas así la gente no acude en demasía.
Fue enterrado en el cementerio de Tierra de Jugo, en una humildísima sepultura, donde permaneció en espera de que sus compatriotas llevasen sus restos a su patria.
Como su deseo había sido el que se le enterrase en tierra dominicana, sus hermanas se encargaron de cumplirlo. Pero antes era preciso pagar las deudas de su enfermedad y entierro.
Habían pasado siete años y las mismas no habían podido pagarse. En vista de eso, solicitaron ayuda al Gobierno Dominicano y éste las pagó.
Rosa y Francisca atendían con amoroso cuidado la tumba de su hermano, al que consideraba un santo, y juzgaban sus restos “como una reliquia santa que las protegía, inspirándoles valor y resignación para llevar con dignidad y heroísmo su penuria y su martirio’”.Así permanecieron las cosas hasta que a los ocho años de su muerte, en el l844, el Gobierno Dominicano dispuso el traslado de sus restos a la patria.
Sus hermanas se sintieron felices, y vieron en eso, una intervención de la Providencia que hizo a los “magistrados dominicanos abrir el libro de los inmortales para escribir en sus páginas la gloriosa apoteosis de uno de sus más preclaros hijos”.Para traerlos a la patria se nombró una comisión que se trasladó a Caracas en una goleta de igual nombre para que condujera los retos de Duarte al país, después de proclamada la independencia.
Dicha goleta se llamaba La Leonora.
Extraídos los restos del cementerio de Tierra de Jugo, se colocaron en una urna, y en la iglesia de Santa Rosalía, se celebró un servicio fúnebre en memoria de Duarte. La comisión dominicana presidió el duelo y al acto religioso asistieron diversas autoridades venezolanas.
Al llegar los restos a Santo Domingo, el Ayuntamiento en pleno se traslado al muelle del Ozama, donde los recibió de manos de la comisión que los trajo de Caracas.
El río Ozama ha sido testigo de muchos episodios de la vida de Duarte. Durante su infancia lo vio corretear por sus orillas.
En su adolescencia, lo miró acercarse a las naves, hablar con los marinos e indagar acerca de las vidas y costumbres de otros pueblos. Lo contempló embarcarse rumbo a Europa, lleno ilusiones y deseoso de ampliar sus conocimientos para ayudar a su padre en el negocio.
Lo vio regresar con deseos de libertar a su patria. Fue testigo de la labor escolar que emprendiera, y junto a sus riberas, lo oyó adoctrinar a sus discípulos, hablarles de la redención de la patria. Más tarde, lo vio, fugitivo, cruzar sus aguas, huyendo de la persecución haitiana, y después, lo miró retornar triunfador, una mañana gloriosa, en la que fue recibido por el pueblo y las autoridades. Luego, lo contempló regresar prisionero y vencido, y a continuación, lo vio partir desterrado y acusado de traicionar a la patria que fundara. Ahora ve llegar su despojos y contempla al pueblo recibirlos con veneración y respeto.
Las cosas han cambiado. Duarte se ha hecho inmortal. El pueblo lo ha reconocido como Padre de la Patria y le rinde homenaje a sus restos, que fueron depositados en la Comandancia del Puerto, donde fueron custodiados por una guardia de honor.
Después de permanecer allí cierto tiempo fueron solemnemente conducidos hasta La Catedral donde fueron colocados en la nave principal, y en ella, el entonces presbítero, Femando Arturo de Mariño, el mejor orador de la época, pronunció un bellísimo discurso en el que expresó el deseo de que en La Patria y Dios Duarte descansara en paz.


http://elabejon.blogspot.com/p/juan-pablo-duarte-su-muerte.html

domingo, 4 de julio de 2010

LA ULTIMA PALABRA

Renuncio a mirarte como al señor de la tierra, que promete hasta un viaje gratis a la luna con tal de ver hecho realidad el triunfo tuyo sobre los demás hombres. Te he mirado desde lejos y he visto que tras de ti vas dejando como estelas sobre el agua las promesas incumplidas de otros tiempos y de otros sueños. Y que eres el impostor de la verdad que busco hace siglos, ya cansado y torpe, con mi lámpara casi extinta bajo el sol de estío.
No puedo seguir tras tus pasos errabundos, pisoteando la fuerza de la idea con tu verbo sin sentido y sin razón. Porque eres la mentira hecha metáfora, el que encanta a los ratones con tu flauta dorada; el engaño hecho ilusión. Eres el apóstol de la sombra y la lascivia; de la lujuria libertina y la promiscuidad. De pies a cabeza eres falso, como un ídolo de yeso tosco y frágil que no admite para romperse la menor levedad.
Prosigue por tu ruta equivocada, que pronto llegaras al precipicio donde terminaras. Sigue siendo guía de la nada, pues tu música encantada pasará. Y será igual que tu destino; un silencio infinito escucharas.
Yo persigo la doctrina inmaculada que reniegas con tus actos bochornos a contraluz. Busco el vellocino dorado que habita en otra esfera en donde no cabes tú. Soy el norte del errante caminante, la estrella del perdido navegante; soy la luz.
Vivo en el mundo que al motivo de la vida crea; la fuerza para seguir después de ti. Por mi se levanta el caído, se olvida el castigo con piedad. Y aunque sufro, doy la fe para creer en Dios y su amor.
Porque vengo igual de Dios, de arriba; la claridad que hoy me nubla un día brilla. Soy la razón del sacrificio; la tierra prometida, el santum bendito. Y si ahora mi boca calla, al hablar de mi soy traba lengua; mira a tu alrededor y si no me hallas, del párrafo anterior ya escrito, despues de Dios, Yo Soy la última palabra.

jueves, 18 de febrero de 2010

EL PREDICADOR (Relato)

Me faltó poco para pararme. Fue un impulso de emoción lo que me volvió resorte, pero me agarré de la barra del banco que tenia en frente y me contuve. Lo escuché con atención irse de un artículo a otro del sagrado libro, con tal elocuencia, que parecía que aquella disertación la hacía un maestro de la oratoria y el buen decir, no un hombre que apenas sabía escribir su nombre.
Si no lo hubiera reconocido, no hubiera tenido reparos en ir derecho al púlpito, y dejar que ungieran mi cabeza con el agua que preparaban para la ocasión en aquella iglesia. No sé el tiempo que tenía sin verlo, pero eran varios años. Si, era él, mi vecino de al lado, por quien perdí mi empleo en aquel entonces; música estridente casi hasta el amanecer; cerveza y ron a granel y el bullicio propio de las juergas libertinas.
Yo, empleado de una cervecería alejada de casa, me acostaba temprano para poder llegar a tiempo. Jamás pude dormir desde que se mudó aquel vecino que al parecer llevaba muy dentro deseos insatisfechos e inconfesables, herencia tal vez de su puta madre. Quedé sin empleo a los tres meses por mis llegadas tarde. No me valieron de nada las súplicas a mi vecino pidiéndole que bajara la música; las tantas veces que me levanté de la cama a implorarle compasión, nada, desde que me alejaba subía el volumen y volvía el desenfreno.
Ahora ahí está, el hijuesumadre, pidiéndome que me arrepienta de mis pecados, yo que no mataba ni una mosca. Por venganza esta noche me tomaré dos botellas de ron más que ayer. La gente no sabe que por ese predicador lo perdí todo, hasta a mi mujer. Desde hoy nadie me hace rezar.
Cuando salió nadie lo echó de menos. El borrachín volvió a su andar despacio y torpe. Fue la última vez que lo vieron con vida. Al otro día lo encontraron tirado entre el hedor de una cuneta con la boca llena de moscas. Nunca volvió a rezar.



Pablo Martinez