miércoles, 8 de junio de 2011

CONVERSACIÒN EN FACEBOOK (Relato)

El trabajo entró en punto muerto.
Abrí mi facebook casi por casualidad cuando buscaba una cotización en mi email.
Vi que había siete personas en línea, entre ellas estaba Ircania, mi amiga de la universidad, y decidí perder un poco de tiempo…

Julián: -¡Hola, mujer malita! ¿Qué haces a estas horas de desayuno y trabajo?
Ircania: -jajaja…De mala bajé a malita. Aquí tranquila.
Julián: -Sí, porque la verdad que rompiste el “malòmetro”.
Ircania: -jajajaja…No me hagas reír, soy una víctima de la maldad de muchos.
Julián: -Coñete, toy jarto
Ircania: -Toy jarto es un movimiento de protesta.
Julián: -La maldad se pone de manifiesto cuando somos ingenuos.
Ircania: -Así es. Yo soy una ingenua soñadora y loca. Nunca lo he negado.
Julián: -Yo hago a conciencia lo que creo que se puede hacer en función de la realidad que vivo, sin pasarme de la raya, para no ser afectado por los malditos, que los hay por millones.
Ircania: -Muy bueno, yo no tengo límites.
Julián: -Lo malo de eso, es que la ingenuidad va acompañada de una alta dosis de bondad.
Ircania: - Hablamos luego, tengo una torturante hija queriéndome matar por unos muñequitos.
Julián: -Bueno, yo no tengo ni muñequitos. Feliz día.
Ircania: -Es bueno tener hijos. Es como dice el anuncio: caóticamente hermoso.
Julián: -Bueno, en este tiempo, ya no sé que es mejor. Sólo espero la muerte como forma de cambiar al mundo.
Ircania: -No seas dramático.
Julián: -Jajajajaajajaja…
Ircania: -Ten al menos un hijo y alcanzaras la gloria.
Julián: -O el infierno. Es que no veo nada claro a la vista. No podría dormir, ni comer mientras mis hijos estén fuera. No podría vivir. Es mejor estar como estoy.
Ircania: -No seas extremista.
Julián: - Me moriría a diario
Ircania: - Sabes, no tengo más nada en el mundo, pero tengo una hermosa niña y otro que está a punto de nacer. No pu…, no pido más. Con eso basta.
Julián: -Para mí, un bebé sería el fin de la vida.
Ircania: - Sueño con verlos crecer rodeados de versos e incoherencias que un día empezaré a publicar.
Julián: - Imagínate, yo con un hijo a estas alturas, cuando me quedan apenas 50 años de vida (bromeo).
Ircania: -No es así, un hijo complementará tu vida.
Julián: -Creo que sería el fin de mi vida. Las mujeres de hoy manipulan al hombre que las preña.
Ircania: - No, Julián. No es manipulación. Hay mucha irresponsabilidad en los hombres. .. y en las mujeres. Yo he tenido que asumir y vivir cosas que nunca creí. Vivir sola con mis hijos fue algo que no planee, pero está pasando.
Julián: -A un hombre de mi edad lo exprimen, lo torturan; le sacan el jugo sin piedad.
Ircania: -No es verdad, es que no tienes que buscar un vientre sin madre. Hay muchas mujeres que valen la pena, como hay muchos hombres.
Julián: -Coñete, no aparece una como tú tan fácil. El lio es que para eso hay que enamorarse como tú.
Ircania: -Sí, yo soy una loca, y me enamore porque creí que la vida era como yo la soñaba
Julián: -Si lo hubiera sabido hubiera sido tu siquiatra. Es una lástima, que la vida no sea un sueño. La realidad es cruda.
Ircania: - Así es. Adiós…Ya no soporto más presión de mi hija.
Julián: -Si no hay qué comer, hay que tener dinero para comprar. Si no hay dinero, hay que buscar trabajo.
Ircania: -Así es…
Julián: -Si no hay trabajo, hay penurias…Si hay penurias, se acaba todo lo que vale, porque se pierde hasta la dignidad.
Ircania: -Y cuando te ves sola, que lo que ganas no es suficiente para solventar la vida, el amor se va al carajo.
Julián: -Un día te conté algo de una amiga (que en paz descanse).
Ircania: -Sí, me has contado muchas historias de mujeres.
Julián: -Cuando la conocí, ella vivía en un cuartucho estrecho, con todo en el mismo lugar. A las doce del día todo era calor, sofocante y pegajoso. Los niños escogían momentos como esos para llorar al mismo tiempo, o para joder la tambora. Ella hubiera sido una atleta de futuro.
Ircania: -Terrible...
Julián: - Pero se enamoró de un jodido. No pensó en nada, se lo dio todo a él y se quedó sin nada.
Ircania: -Así somos las mujeres cuando nos perdemos.
Julián: -Perdió su afición por los deportes después del primer bebé. Luego llegó el otro, y el otro…, y ya eran tres los chicos por mantener. La cosa se les puso difícil, y terminaron en aquel cuartucho de mala muerte…
Ircania: -Yo no quio…
Julián: -Ella dejó de sentir deseos por él.
Ircania: -No quiero tener más. Pienso poner límites aquí. Quiero luchar por los sueños que me quedan, aunque ya sean pocos.
Julián: - …Y comenzó a lamentar aquella vida junto a él. Por eso, comenzó a tomar en las bodegas. Dejó al marido. Era aún hermosa. Se fue a la “búsqueda” a las playas de Puerto Plata, en donde la infectaron de VIH.
Ircania: -Que lástima, sólo por un desgraciado.
Julián: -Ella infectó luego a un amigo que tomaba con ella. Infectó a su esposo (con quien se acostaba de vez en cuando).
Ircania: -El amor cuando se convierte en decepción y sufrimientos vuelve loco a cualquiera...
Julián: Yo estoy vivo porque ella no quizo contagiarme
Ircania: -Dios…
Julián: -Porque un día compartimos unas cervezas. Y la encaminé. Y yo quería estar con ella. Era una mujer tierna…
Ircania: -Tuviste suerte.
Julián: -…que llamaba a estar cerca de ella. Era muy tierna y cariñosa. No puta, ni frívola. Era comprensiva. El amigo más cercano de ella, cuando supo de qué murió se suicidó ahorcándose en su casa.
Ircania: -No creo que lo hacia pork quería. La vida obliga a veces a hacer muchas estupideces. Adiós…
Julián: - Ella me d…, dijo un día que la estrechez y hacinamiento destruyen el amor...
Ircania: -Eso es cierto. Ya no soporto esta muchachita. Hablamos luego. A mí me aayud…, a mí me ayudan…, pero casi todo... soy yo sola… y estoy harta.

Ircania está desconectado/a.

Terminó la conversación, y pasaron las horas. Salí del trabajo a eso de las tres de la tarde.
Al llegar a mi casa encendí la televisión y me puse a ver como andaba el mundo. Me impactó la noticia sobre tres jovencitos, casi niños, que habían asesinado a siete taxistas, y que fueron atrapados por la policía porque no advirtieron que su última víctima aún estaba vivo.
Cuando le preguntaron por qué cometieron esos crímenes, respondieron que por diversión, que a ellos les gustaba ver sangre. Nunca olvidaré sus risas mientras eran conducidos a la cárcel.
Esa tarde, no sé por qué recordé a Ircania luchando con su hija, y sentí pena por ella.
Ayer fui al mercado y compré un perro. Se llama Julián, como yo.


FIN

©Pablo Martínez
(Dominicano)

martes, 14 de septiembre de 2010

MUERTE DE DUARTE

Como homenaje a nuestro Padre de la Patria, reproduzco este articulo.

En Caracas, la noche del 14 de julio del 1876, Duarte se acercaba a su fin y mientras sus hermanas, Rosa y Francisca, velaban a su lado; su hermano Manuel, perdida la razón, disparataba en una habitación vecina. La más completa miseria imperaba en la casa, cuyo mobiliario era escasísimo. Rosa y Francisca vivían de la costura y sus ganancias eran tan exiguas que apenas podían subsistir. Tal era el ambiente en el que Duarte se hallaba próximo a morir, después de padecer durante un año de una agotadora enfermedad que lo convirtió en un espectro. Contaba con 63 años y parecía tener más de ochenta. Una vida de enfermedades, privaciones y sacrificios lo habían reducido a esa penosa situación.

Para sus vecinos de Caracas Duarte era un dominicano que había tenido cierta importancia en su país o por lo menos eso era lo que parecía.
Lo que esas gentes ignoraban era que si los Duarte se hallaban en tan espantosa miseria se debía al amor que sintieran por su patria porque en dos ocasiones, en el 1844 y en el 1863, sacrificaron por ella el patrimonio familiar. Tampoco sabían que ese anciano, que lucía abstraído y enfermo, había sido uno de los patricios más puros de América, que se había entregado a servir a su patria con “alma, vida y corazón”. Y desconocían que ese dominicano tan pobre, que vivía tan obscuramente, había sido considerado como el Jesús Nazareno de los dominicanos.
En cuanto a sus hermanas, esas mismas gentes ignoraban que esas pobres mujeres, que ahora ni siquiera tenían buena vista para coser, en unión de su madre, ya fallecida, habían fabricado más de 5,000 balas para la independencia de su país. Pero volvamos al enfermo. A las dos de la mañana del sábado el silencio envolvía a Caracas. La noche avanzaba y la ciudad lucía desierta.
En la triste casa de los Duarte, Rosa y Francisca velaban.
Todo anunciaba la proximidad del final, y en la habitación del moribundo, mal alumbrada por una vela, los rezos alternaban con el silencio.
La hora adelanta y la respiración del enfermo se hace más difícil. La espera es larga. Por fin, a las tres de la mañana, del 14 de julio del 1876, el moribundo exhala su postrer suspiro. La habitación se llena de sollozos. Rosa y Francia floran inconsolables. Duarte ha muerto. Ha fallecido lejos de la tierra que lo vio nacer, en un rincón de Caracas, olvidado de sus compatriotas y sumido en la más negra miseria.
Así murió Duarte, el que amara a nuestra Patria con “alma, vida y corazón”
El que sacrificara dos veces su patrimonio familiar para hacemos libres. Así murió el que, según Rosa Duarte, “subió al cielo a entregar su palma y su cruz, cruz y palma que le habían sostenido hasta consumar su martirio “.En el curso del día 15 se realizó el entierro. Pocos acudieron al mismo. Los vecinos más inmediatos y alguno que otro amigo.
Duarte era un extranjero sin importancia. Un patriota fracasado, y a los entierros de personas así la gente no acude en demasía.
Fue enterrado en el cementerio de Tierra de Jugo, en una humildísima sepultura, donde permaneció en espera de que sus compatriotas llevasen sus restos a su patria.
Como su deseo había sido el que se le enterrase en tierra dominicana, sus hermanas se encargaron de cumplirlo. Pero antes era preciso pagar las deudas de su enfermedad y entierro.
Habían pasado siete años y las mismas no habían podido pagarse. En vista de eso, solicitaron ayuda al Gobierno Dominicano y éste las pagó.
Rosa y Francisca atendían con amoroso cuidado la tumba de su hermano, al que consideraba un santo, y juzgaban sus restos “como una reliquia santa que las protegía, inspirándoles valor y resignación para llevar con dignidad y heroísmo su penuria y su martirio’”.Así permanecieron las cosas hasta que a los ocho años de su muerte, en el l844, el Gobierno Dominicano dispuso el traslado de sus restos a la patria.
Sus hermanas se sintieron felices, y vieron en eso, una intervención de la Providencia que hizo a los “magistrados dominicanos abrir el libro de los inmortales para escribir en sus páginas la gloriosa apoteosis de uno de sus más preclaros hijos”.Para traerlos a la patria se nombró una comisión que se trasladó a Caracas en una goleta de igual nombre para que condujera los retos de Duarte al país, después de proclamada la independencia.
Dicha goleta se llamaba La Leonora.
Extraídos los restos del cementerio de Tierra de Jugo, se colocaron en una urna, y en la iglesia de Santa Rosalía, se celebró un servicio fúnebre en memoria de Duarte. La comisión dominicana presidió el duelo y al acto religioso asistieron diversas autoridades venezolanas.
Al llegar los restos a Santo Domingo, el Ayuntamiento en pleno se traslado al muelle del Ozama, donde los recibió de manos de la comisión que los trajo de Caracas.
El río Ozama ha sido testigo de muchos episodios de la vida de Duarte. Durante su infancia lo vio corretear por sus orillas.
En su adolescencia, lo miró acercarse a las naves, hablar con los marinos e indagar acerca de las vidas y costumbres de otros pueblos. Lo contempló embarcarse rumbo a Europa, lleno ilusiones y deseoso de ampliar sus conocimientos para ayudar a su padre en el negocio.
Lo vio regresar con deseos de libertar a su patria. Fue testigo de la labor escolar que emprendiera, y junto a sus riberas, lo oyó adoctrinar a sus discípulos, hablarles de la redención de la patria. Más tarde, lo vio, fugitivo, cruzar sus aguas, huyendo de la persecución haitiana, y después, lo miró retornar triunfador, una mañana gloriosa, en la que fue recibido por el pueblo y las autoridades. Luego, lo contempló regresar prisionero y vencido, y a continuación, lo vio partir desterrado y acusado de traicionar a la patria que fundara. Ahora ve llegar su despojos y contempla al pueblo recibirlos con veneración y respeto.
Las cosas han cambiado. Duarte se ha hecho inmortal. El pueblo lo ha reconocido como Padre de la Patria y le rinde homenaje a sus restos, que fueron depositados en la Comandancia del Puerto, donde fueron custodiados por una guardia de honor.
Después de permanecer allí cierto tiempo fueron solemnemente conducidos hasta La Catedral donde fueron colocados en la nave principal, y en ella, el entonces presbítero, Femando Arturo de Mariño, el mejor orador de la época, pronunció un bellísimo discurso en el que expresó el deseo de que en La Patria y Dios Duarte descansara en paz.


http://elabejon.blogspot.com/p/juan-pablo-duarte-su-muerte.html

domingo, 4 de julio de 2010

LA ULTIMA PALABRA

Renuncio a mirarte como al señor de la tierra, que promete hasta un viaje gratis a la luna con tal de ver hecho realidad el triunfo tuyo sobre los demás hombres. Te he mirado desde lejos y he visto que tras de ti vas dejando como estelas sobre el agua las promesas incumplidas de otros tiempos y de otros sueños. Y que eres el impostor de la verdad que busco hace siglos, ya cansado y torpe, con mi lámpara casi extinta bajo el sol de estío.
No puedo seguir tras tus pasos errabundos, pisoteando la fuerza de la idea con tu verbo sin sentido y sin razón. Porque eres la mentira hecha metáfora, el que encanta a los ratones con tu flauta dorada; el engaño hecho ilusión. Eres el apóstol de la sombra y la lascivia; de la lujuria libertina y la promiscuidad. De pies a cabeza eres falso, como un ídolo de yeso tosco y frágil que no admite para romperse la menor levedad.
Prosigue por tu ruta equivocada, que pronto llegaras al precipicio donde terminaras. Sigue siendo guía de la nada, pues tu música encantada pasará. Y será igual que tu destino; un silencio infinito escucharas.
Yo persigo la doctrina inmaculada que reniegas con tus actos bochornos a contraluz. Busco el vellocino dorado que habita en otra esfera en donde no cabes tú. Soy el norte del errante caminante, la estrella del perdido navegante; soy la luz.
Vivo en el mundo que al motivo de la vida crea; la fuerza para seguir después de ti. Por mi se levanta el caído, se olvida el castigo con piedad. Y aunque sufro, doy la fe para creer en Dios y su amor.
Porque vengo igual de Dios, de arriba; la claridad que hoy me nubla un día brilla. Soy la razón del sacrificio; la tierra prometida, el santum bendito. Y si ahora mi boca calla, al hablar de mi soy traba lengua; mira a tu alrededor y si no me hallas, del párrafo anterior ya escrito, despues de Dios, Yo Soy la última palabra.

jueves, 18 de febrero de 2010

EL PREDICADOR (Relato)

Me faltó poco para pararme. Fue un impulso de emoción lo que me volvió resorte, pero me agarré de la barra del banco que tenia en frente y me contuve. Lo escuché con atención irse de un artículo a otro del sagrado libro, con tal elocuencia, que parecía que aquella disertación la hacía un maestro de la oratoria y el buen decir, no un hombre que apenas sabía escribir su nombre.
Si no lo hubiera reconocido, no hubiera tenido reparos en ir derecho al púlpito, y dejar que ungieran mi cabeza con el agua que preparaban para la ocasión en aquella iglesia. No sé el tiempo que tenía sin verlo, pero eran varios años. Si, era él, mi vecino de al lado, por quien perdí mi empleo en aquel entonces; música estridente casi hasta el amanecer; cerveza y ron a granel y el bullicio propio de las juergas libertinas.
Yo, empleado de una cervecería alejada de casa, me acostaba temprano para poder llegar a tiempo. Jamás pude dormir desde que se mudó aquel vecino que al parecer llevaba muy dentro deseos insatisfechos e inconfesables, herencia tal vez de su puta madre. Quedé sin empleo a los tres meses por mis llegadas tarde. No me valieron de nada las súplicas a mi vecino pidiéndole que bajara la música; las tantas veces que me levanté de la cama a implorarle compasión, nada, desde que me alejaba subía el volumen y volvía el desenfreno.
Ahora ahí está, el hijuesumadre, pidiéndome que me arrepienta de mis pecados, yo que no mataba ni una mosca. Por venganza esta noche me tomaré dos botellas de ron más que ayer. La gente no sabe que por ese predicador lo perdí todo, hasta a mi mujer. Desde hoy nadie me hace rezar.
Cuando salió nadie lo echó de menos. El borrachín volvió a su andar despacio y torpe. Fue la última vez que lo vieron con vida. Al otro día lo encontraron tirado entre el hedor de una cuneta con la boca llena de moscas. Nunca volvió a rezar.



Pablo Martinez

sábado, 19 de diciembre de 2009

BODAS DEL TIEMPO ) Relato)

Al otro día de su boda se miró en el espejo; piel lozana, negrísimos cabellos, ojos brillantes, llenos de vida, y con la fuerza de un atractivo varonil puesta a pruebas recién anoche.
Hora del café. No sabe por qué le tiemblan las manos al tomar el azúcar. Piensa en ella, su esposa que le espera paciente, quizás ataviada con su mejor vestido.
La miró extrañado. - Quien es ella? Se pegunta confundido, ante la anciana que bordea la decrepitud.
Suelta la taza de café que se derrama sobre la mesa. Va al espejo. Pierde la noción del tiempo. Siente vértigos. Se le nubla la cabeza y apenas ve. – Me casé anoche- pensó. Mientras una chispa de lucidez iluminó su memoria.
Se dirigió a donde su esposa, y la encontró igual, tan anciana como él.




Pablo Martinez (dominicano)

lunes, 17 de agosto de 2009

Desinstinto

Esta noche lóbrega, en que una lluvia pertinaz moja las calles de mi pueblo, la he elegido para morir. Tal vez debí esperar otro día, pero no creo que se repita en mucho tiempo esta singular escena: yo solo, truenos y relámpagos en la oscuridad inmensa, sin luna ni estrellas, las bombillas apagadas, sin electricidad; la melancolía, el silencio sólo interrumpido por los truenos; la casa abandonada, sin un hijo que me espere, y cuatro muertos que si me aguardan en el mas allá.
Por qué he tomado esta decisión de que sea justamente hoy el día para morirme? No me queda de otra. Me cansé de estar arrumbado en un rincón de la casa como un mueble viejo más; me cansé de la soledad de mi vida sin sentido, de repetir uno tras otro un trago de alcohol que ya ni me embriaga. Además, creo que no haré mucha falta, el vecino más cercano no sabe si estoy vivo o muerto; mi familia (los hermanos y sobrinos que aun quedan y que no veo desde hace siglos) vive tan lejos, que la noticia de mi muerte le llegará cuando ya mis huesos estén blancos. Entonces para que prolongar más esta agonía. Voy a hacerlo. Me mataré con el mínimo dolor que pueda sentir. Déjame ver. Me meteré en la tina llena de agua y me ahogaré. No, eso tarda mucho y creo que seria muy doloroso; tomaré los cables eléctricos y me electrocutaré. No, tampoco, ni siquiera hay electricidad en todo el pueblo; me prenderé fuego, abriré el tanque de gas, cerraré las ventanas de vidrio y prenderé un fosforo, jajajaja, volaré por las alturas cuando explote todo. Ni loco, esto me costó demasiado construirlo. Ya sé, tomaré el veneno de las ratas, es tan efectivo, que la última vez maté cuatro con poca cosa. No, tampoco, me dicen que los dolores son muy prolongados y que destruye el estomago. Podría darme un tiro, pero eso está desde ya descartado, quiero morirme, si, pero no llamar la atención de esa manera; me imagino esto lleno de gente, rompiéndolo todo, porque nada les cuesta...
No sé qué hacer... cómo lo hago.
La lluvia mengua, la tormenta pasa; truenos y centellas son cada vez menos.
Llegó la energía eléctrica, las calles se alumbraron, hasta la radio se encendió sola y rompió el silencio. Suena la puerta, alguien llega… es mi esposa, debo abrir… ahora qué hago… en qué íbamos, en el veneno de ratas, no sé donde está guardado…

Lástima, esta era la mejor noche para morir, ya tengo sesenta; una noche así no aparece de nuevo ni en veinte años.
Mejor abro la puerta, con la lluvia, la pobrecita va a coger un resfriado.


Pablo Martinez (dominicano)

jueves, 16 de julio de 2009

LOS ZAPATOS DEL GENERAL

Dedicado al General Ad vitam Antonio Imbert Barreras. (Hèroe Nacional)




El general se levantó bien temprano esa mañana de mayo. Como cada año en esa fecha, le correspondía ataviarse nueva vez con su traje de general ad vitam, cuyo honor le había sido conferido por el congreso por haber salvado a la República de la dictadura. Ese día era el único día en que terminaba su largo letargo. En que el viejo soldado volvía a la vida para remembrar junto a una batería de periodistas, aquella temeraria conjura que le puso fin al tirano y de la cual era su único sobreviviente.
Se presentó frente al espejo a anudarse la corbata negra sobre su camisa gris. Se ajustó el kepis color kaki en su cabeza ya obesa por el tiempo, y se puso su chaqueta militar del mismo color guardada para la ocasión en el perchero; luego, como acostumbraba, se metió dentro de su pantalón pardo, se abrochó su nueva correa de guardia viejo, y se puso los calcetines. Entonces caminó sobre la alfombra verdiazul bordada con el escudo de armas, hasta un antiguo cofre de bronce bajo el ropero y extrajo unos lustrosos zapatos color negro ya endurecidos por los años. Eran aquellos, los mismos zapatos que usó hacía casi medio siglo cuando inmortalizó su nombre en la contienda en la que el tirano fue ajusticiado; los mismos zapatos que soportaron el peso de de aquel intrépido militar, con su fusil en las manos y el corazón en la boca.
Por instinto, encendió el televisor a control remoto. Se sentó en su vieja mecedora de caoba centenaria, y subió el volumen.
Las noticias reseñaban el sorpresivo paro del transporte público en todo el país, pidiendo la rebaja del combustible ante el alza de los precios internacionales del petróleo. Miró las turbas enardecidas enfrentarse a la policía antimotines.
Otra información daba cuenta de la huelga de médicos que llevaba varios días, y que provocó el abandono de los hospitales públicos, mientras la gente moría por descuido. En otra, los políticos de oposición enfrentaban ardorosamente al gobierno ofreciéndole a la población hasta un viaje gratis a la luna.
Miró los zapatos y los encontró opacos, sucios y desteñidos. Los tomó y caminó como un autómata hasta el baño, y no miró los papeles usados del zafacón para disponerse a pronunciar aquella nefasta palabra: - no valió la p... …-
El toc toc de la puerta lo despertó. Su mujer lo apremiaba a salir a su cita acostumbrada cada treinta de mayo. Se había quedado dormido.
La televisión presentaba a los nuevos graduados de la universidad estatal. Cambió de canal y muy breve, miró un recuento de las últimas contiendas electorales ocurridas en el país. Observó el traspaso de mando de un presidente a otro, poniéndole la banda tricolor sobre el pecho. En las imágenes, la gente del pueblo reía.
Tomó sus zapatos del suelo, y procedió a ajustárselo en los pies; tranquilo, con su mente puesta en un ideal.
Se incorporó. Y como en aquel día de héroes, caminó decidido a su encuentro con la historia. Sólo pronunció una frase -!Claro carajo!, valió la pena-.
Y abrió la puerta.


Pablo Martinez (Dominicano)