jueves, 18 de febrero de 2010

EL PREDICADOR (Relato)

Me faltó poco para pararme. Fue un impulso de emoción lo que me volvió resorte, pero me agarré de la barra del banco que tenia en frente y me contuve. Lo escuché con atención irse de un artículo a otro del sagrado libro, con tal elocuencia, que parecía que aquella disertación la hacía un maestro de la oratoria y el buen decir, no un hombre que apenas sabía escribir su nombre.
Si no lo hubiera reconocido, no hubiera tenido reparos en ir derecho al púlpito, y dejar que ungieran mi cabeza con el agua que preparaban para la ocasión en aquella iglesia. No sé el tiempo que tenía sin verlo, pero eran varios años. Si, era él, mi vecino de al lado, por quien perdí mi empleo en aquel entonces; música estridente casi hasta el amanecer; cerveza y ron a granel y el bullicio propio de las juergas libertinas.
Yo, empleado de una cervecería alejada de casa, me acostaba temprano para poder llegar a tiempo. Jamás pude dormir desde que se mudó aquel vecino que al parecer llevaba muy dentro deseos insatisfechos e inconfesables, herencia tal vez de su puta madre. Quedé sin empleo a los tres meses por mis llegadas tarde. No me valieron de nada las súplicas a mi vecino pidiéndole que bajara la música; las tantas veces que me levanté de la cama a implorarle compasión, nada, desde que me alejaba subía el volumen y volvía el desenfreno.
Ahora ahí está, el hijuesumadre, pidiéndome que me arrepienta de mis pecados, yo que no mataba ni una mosca. Por venganza esta noche me tomaré dos botellas de ron más que ayer. La gente no sabe que por ese predicador lo perdí todo, hasta a mi mujer. Desde hoy nadie me hace rezar.
Cuando salió nadie lo echó de menos. El borrachín volvió a su andar despacio y torpe. Fue la última vez que lo vieron con vida. Al otro día lo encontraron tirado entre el hedor de una cuneta con la boca llena de moscas. Nunca volvió a rezar.



Pablo Martinez

sábado, 19 de diciembre de 2009

BODAS DEL TIEMPO ) Relato)

Al otro día de su boda se miró en el espejo; piel lozana, negrísimos cabellos, ojos brillantes, llenos de vida, y con la fuerza de un atractivo varonil puesta a pruebas recién anoche.
Hora del café. No sabe por qué le tiemblan las manos al tomar el azúcar. Piensa en ella, su esposa que le espera paciente, quizás ataviada con su mejor vestido.
La miró extrañado. - Quien es ella? Se pegunta confundido, ante la anciana que bordea la decrepitud.
Suelta la taza de café que se derrama sobre la mesa. Va al espejo. Pierde la noción del tiempo. Siente vértigos. Se le nubla la cabeza y apenas ve. – Me casé anoche- pensó. Mientras una chispa de lucidez iluminó su memoria.
Se dirigió a donde su esposa, y la encontró igual, tan anciana como él.




Pablo Martinez (dominicano)

lunes, 17 de agosto de 2009

Desinstinto

Esta noche lóbrega, en que una lluvia pertinaz moja las calles de mi pueblo, la he elegido para morir. Tal vez debí esperar otro día, pero no creo que se repita en mucho tiempo esta singular escena: yo solo, truenos y relámpagos en la oscuridad inmensa, sin luna ni estrellas, las bombillas apagadas, sin electricidad; la melancolía, el silencio sólo interrumpido por los truenos; la casa abandonada, sin un hijo que me espere, y cuatro muertos que si me aguardan en el mas allá.
Por qué he tomado esta decisión de que sea justamente hoy el día para morirme? No me queda de otra. Me cansé de estar arrumbado en un rincón de la casa como un mueble viejo más; me cansé de la soledad de mi vida sin sentido, de repetir uno tras otro un trago de alcohol que ya ni me embriaga. Además, creo que no haré mucha falta, el vecino más cercano no sabe si estoy vivo o muerto; mi familia (los hermanos y sobrinos que aun quedan y que no veo desde hace siglos) vive tan lejos, que la noticia de mi muerte le llegará cuando ya mis huesos estén blancos. Entonces para que prolongar más esta agonía. Voy a hacerlo. Me mataré con el mínimo dolor que pueda sentir. Déjame ver. Me meteré en la tina llena de agua y me ahogaré. No, eso tarda mucho y creo que seria muy doloroso; tomaré los cables eléctricos y me electrocutaré. No, tampoco, ni siquiera hay electricidad en todo el pueblo; me prenderé fuego, abriré el tanque de gas, cerraré las ventanas de vidrio y prenderé un fosforo, jajajaja, volaré por las alturas cuando explote todo. Ni loco, esto me costó demasiado construirlo. Ya sé, tomaré el veneno de las ratas, es tan efectivo, que la última vez maté cuatro con poca cosa. No, tampoco, me dicen que los dolores son muy prolongados y que destruye el estomago. Podría darme un tiro, pero eso está desde ya descartado, quiero morirme, si, pero no llamar la atención de esa manera; me imagino esto lleno de gente, rompiéndolo todo, porque nada les cuesta...
No sé qué hacer... cómo lo hago.
La lluvia mengua, la tormenta pasa; truenos y centellas son cada vez menos.
Llegó la energía eléctrica, las calles se alumbraron, hasta la radio se encendió sola y rompió el silencio. Suena la puerta, alguien llega… es mi esposa, debo abrir… ahora qué hago… en qué íbamos, en el veneno de ratas, no sé donde está guardado…

Lástima, esta era la mejor noche para morir, ya tengo sesenta; una noche así no aparece de nuevo ni en veinte años.
Mejor abro la puerta, con la lluvia, la pobrecita va a coger un resfriado.


Pablo Martinez (dominicano)

jueves, 16 de julio de 2009

LOS ZAPATOS DEL GENERAL

Dedicado al General Ad vitam Antonio Imbert Barreras. (Hèroe Nacional)




El general se levantó bien temprano esa mañana de mayo. Como cada año en esa fecha, le correspondía ataviarse nueva vez con su traje de general ad vitam, cuyo honor le había sido conferido por el congreso por haber salvado a la República de la dictadura. Ese día era el único día en que terminaba su largo letargo. En que el viejo soldado volvía a la vida para remembrar junto a una batería de periodistas, aquella temeraria conjura que le puso fin al tirano y de la cual era su único sobreviviente.
Se presentó frente al espejo a anudarse la corbata negra sobre su camisa gris. Se ajustó el kepis color kaki en su cabeza ya obesa por el tiempo, y se puso su chaqueta militar del mismo color guardada para la ocasión en el perchero; luego, como acostumbraba, se metió dentro de su pantalón pardo, se abrochó su nueva correa de guardia viejo, y se puso los calcetines. Entonces caminó sobre la alfombra verdiazul bordada con el escudo de armas, hasta un antiguo cofre de bronce bajo el ropero y extrajo unos lustrosos zapatos color negro ya endurecidos por los años. Eran aquellos, los mismos zapatos que usó hacía casi medio siglo cuando inmortalizó su nombre en la contienda en la que el tirano fue ajusticiado; los mismos zapatos que soportaron el peso de de aquel intrépido militar, con su fusil en las manos y el corazón en la boca.
Por instinto, encendió el televisor a control remoto. Se sentó en su vieja mecedora de caoba centenaria, y subió el volumen.
Las noticias reseñaban el sorpresivo paro del transporte público en todo el país, pidiendo la rebaja del combustible ante el alza de los precios internacionales del petróleo. Miró las turbas enardecidas enfrentarse a la policía antimotines.
Otra información daba cuenta de la huelga de médicos que llevaba varios días, y que provocó el abandono de los hospitales públicos, mientras la gente moría por descuido. En otra, los políticos de oposición enfrentaban ardorosamente al gobierno ofreciéndole a la población hasta un viaje gratis a la luna.
Miró los zapatos y los encontró opacos, sucios y desteñidos. Los tomó y caminó como un autómata hasta el baño, y no miró los papeles usados del zafacón para disponerse a pronunciar aquella nefasta palabra: - no valió la p... …-
El toc toc de la puerta lo despertó. Su mujer lo apremiaba a salir a su cita acostumbrada cada treinta de mayo. Se había quedado dormido.
La televisión presentaba a los nuevos graduados de la universidad estatal. Cambió de canal y muy breve, miró un recuento de las últimas contiendas electorales ocurridas en el país. Observó el traspaso de mando de un presidente a otro, poniéndole la banda tricolor sobre el pecho. En las imágenes, la gente del pueblo reía.
Tomó sus zapatos del suelo, y procedió a ajustárselo en los pies; tranquilo, con su mente puesta en un ideal.
Se incorporó. Y como en aquel día de héroes, caminó decidido a su encuentro con la historia. Sólo pronunció una frase -!Claro carajo!, valió la pena-.
Y abrió la puerta.


Pablo Martinez (Dominicano)

jueves, 25 de junio de 2009

EL MUERTO

Me quedè afuera, con mi alma al aire al igual que antes. No escuché el otro tiro, creí que el primero no me hizo daño.
El del ataúd era triste lo vi por la herida de la frente. Estaba pálido.
Se me parecía a alguien; a otro muerto, de esos que andan deambulando.
Por eso fue que me quedé afuera. Estaba confuso, creí que soñaba.
Lo entraron al nicho, con el baúl perforado. A él no le importó, ni a mi.
Los ladrones también comen -decía un ladrón- El otro lo escuchaba.
Fue cuando me di cuenta que no sentía ni el aire, del inmenso parecido: la misma boca, la misma calva; las cejas arqueadas.
Allí estaban todos menos yo.
Dónde estaba yo. Estaba, pero no estaba.
Por eso me quedé afuera, con el alma al aire porque llegué tarde.
Sentí angustia cuando lo encerraron.
A él no le importó nada, a mi si. Ya sospechaba… La misma camisa blanca, con el caimán bordado.
Escucho la música. Todos cantan el mismo canto.
Ya recuerdo: hoy es nuestro día.
Me quedé afuera de nuevo. Como cada año, me acordé muy tarde.
No me moví del sitio. No escuché el segundo tiro. Tampoco más nada. Por eso no me hice socio del club desde el primer día, como hicieron todos.
Me quedé pegado de la reja, mirándola cuando se quito la ropa, entro al baño y salió en toalla.
No oí el segundo tiro. El hombre la acarició como si nada cuando guardó el arma.
Ya ni él me hace caso. Sabe que sigo ahí todavía, mirándolos por la rejilla de la ventana, como el primer día, y hoy de aquello se cumple otro año.

En el lugar ya no existe la casa, una avenida ocupa todo el espacio. Dicen que durante las noches, en el trayecto del largo camino, aparecen los fantasmas de quienes no saben que han muerto. Este se quedò repitiendo su ùltima escena hasta el infinito, sin saber que todos son sòlo recuerdos.

viernes, 8 de febrero de 2008

ESCLAVOS ( Relato)

No necesito olerte para darme cuenta de tu olor putrefacto en el que mueres cada día de tu vida. Cuando te levantas en esas madrugadas heladas como en diciembre, sólo piensas en “la camiona” que no espera tu llegada porque sobran los dispuestos al “sacrificio”, y te cepillas presuroso con el dedo índice la boca maloliente de dientes casi blancos. No te miro, porque todos son iguales, y los veo repetidos en cada uno, como si cargaran la misma miseria y la misma pena, en un mundo en el que suelo cubrirme los ojos para no mirar tu maldita realidad. Me han dicho que por patriotismo debo negarte la comida que con sobrado esfuerzo quieres ganarte para continuar agonizando la vida. Tengo prohibido llorarte, como lloré a mi perro hace dos años, ¡total! si cuando te mueras te harán la fiesta que nadie te hizo en vida.
Me acuerdo cuando en un viaje de esos se mataron cuatro en el camino - son los muertos que se cobra el Vacà todos los años, ¡las lomas de Constanza están tan empinadas!-decían-. Al patrón sòlo le preocupó el estado de los pollos. A los pitìs nadie les llevó comida desde entonces. Si están vivos, tampoco a nadie le importa; nunca han preguntado por ellos.
Te miro taciturno, con la muerte en los ojos como futuro inmediato, tratando de venderte cada día para tan sólo comer ese día y resollar un día más.
Yo quisiera pedirte perdón por mi vida descansada, pero me enseñaron que el color determina tu futuro de por vida y por accidente nací jipato por mi padre. No, ya no es el color (otra vez perdón), ahora sòlo es la pobreza; el dinero puede cambiarte el color de la piel y tù no tienes en què caerte muerto.
Vi algunos parecidos a ti que olvidaron el creole junto al ingenio; esos viven pidiendo igualdad de derechos, olvidándose que el derecho tiene un precio inalcanzable para apátridas casi inexistentes que apenas alcanzan para comprase un carnet de identidad. Tú has tenido suerte, aunque los guarda el patrón, tienes visa y pasaporte. Te trajeron con todo preparado para explotarte mejor. Yo sólo sé que habitas en las barracas,como los otros, y que tomas un trago de clerén para las penas cuando no encuentras con quien fornicar.
Nunca supe de ti hasta hoy, por compartir la cola de este camión apestoso en esta noche de lluvia y de tormenta; donde no se percibe nada más que dos bultos; uno es un negro peón haitiano nacido en Juana Méndez que eres tú, y el otro es un jipato dominicano, nacido en Dajabòn, con todos los derechos ciudadanos, sin visa, ni pasaporte; sin cédula de identidad, y sin dinero; ese es tu capataz, que soy yo.


FIN

miércoles, 16 de enero de 2008

EL CAMPEÒN ( relato)

Lo sacaron a empujones de la guagua, aún sin ésta detenerse, y quedó tendido sobre la acera de asfalto ya perforado por el tiempo. No le quedó un sólo lugar en el cuerpo que no tuviera algún rasguño o que no le doliera. Su suéter recién estrenado fue hecho tirillas en pocos minutos, y a su pantalón deportivo les fueron desprendidos los bolsillos y le dejaron el fondillo roto en sus cuatro partes. Lo que más le molestaba, aparte de los cientos de chichones que adornaban su cabeza, eran los labios y el ojo derecho, cuyas protuberancias, mas que dolerle, lo hacían sentirse incomodo, como si algo estuviera fuera de su sitio. Se miró sus musculosos brazos ensangrentados, sus piernas fuertes, como las de los antiguos gladiadores, amoratadas; y sus pectorales, anchos como el escudo de un tractor, no tenían un solo lugar que no tuviera una mordida.
Aquella mañana, antes de irse a la universidad, lo primero que hizo fue pasar por el gimnasio y hacer su rutina de pesas que casi siempre terminaba frente al espejo con una demostración de músculos que era la envidia de todos. Se miraba embebecido esa imagen de macho matahembra que lo había llevado a convertirse en uno de los jóvenes más cotizado entre las féminas de su barrio y de la universidad. En su lista personal, y que renovaba cada año, tenía los nombres de setenta y cinco mujeres mal contadas, pues en ella no estaban los agarres ocasionales de los paseos universitarios y del Club de Pesas. Si, se lo creía, era todo un semental.
Su desgracia comenzó esa misma tarde cuando, después de terminada su clase de educación física, se le ocurrió acompañar a las muchachas del equipo de Voleibol hasta la cafetería. Jamás pensó que se le haría tarde para llegar al bus que tradicionalmente lo llevaba a la universidad; y ni siquiera se dio cuenta que al pagar los refrescos, estaba quedándose sin un solo centavo en caso emergencia. Cuando metió las manos en los bolsillos sólo encontró un llavero y dos mentas a punto de derretirse. No le dio mayor importancia. Por la larga autopista que pasaba frente a su casa se desplazaban varias guaguas que salían todos los días del campus universitario. Se tranquilizó al encontrarlas en el parqueo.
Cuando entró se le olvidó saludar, y no advirtió que desde que puso el primer pie todos los ojos se le quedaron mirando, pues sintieron que era la pata de un elefante y no el pie de un hombre la que estremeció el vehiculo.
Se arrellanó lo más que pudo, sin advertir las miradas y los comentarios sobre su presencia invasora e indeseada en aquel lugar.
La guagua se convirtió en un hervidero y comenzaron a oírse voces de preocupación: - ¡ay¡ cuándo venga Manolo.
Pero no escuchaba nada. Estaba en lo suyo. Pensaba en las dos jevitas que acababa de dejar; en cómo se haría para conseguírsela a las dos sin que se pelearan entre si. Y no era la primera vez. Recordó que cuando contaba con apenas quince años tenia que hilar fino cuando iba a las fiestas caseras, y a las actividades donde había que elegir pareja, siempre se les aparecían más de cuatro, algunas veces amigas que terminaban disputándose sólo por bailar con él. Ahora que pasaba de veinte, se manejaba de otra manera, más cauto, pero menos rígido; haciéndolas amigas en èl para que lo compartieran sin rebatiñas. –Hay filete para todas- les decía.
Manolo entro tan imperceptible que no se sintió. Tan menudito que apenas había que levantar la mirada desde el asiento para verle la cara casi de frente por lo chico que era. Todos hicieron silencio cuando advirtieron su presencia, ahora se veía mucho más pequeño; siempre se veía mucho más chico cuando andaba con la lata de su amigo Chabas que era el doble de él. Cuando advirtió la presencia de aquel mastodonte extraño, sólo atinó a decir – ese es mi asiento- un poco contrariado. Pero ni siquiera lo escuchó. Estaba en su mundo de ensueños.
Cuando sintió las manos de Manolo, lo miró con tanto desprecio que el muchachito se estremeció de pies a cabeza lleno de pavor ante aquel adonis del Olimpos que casi ocupaba el asiento completo. Fue en eso que Chabas, que se encontraba cerca de la entrada de la guagua, le hizo unas señas que todos vieron menos él quien aún estaba despegado del suelo. Y así fue como ocurrió, Manolo le dio un solo puñetazo con todas las fuerzas que había acumulado en sus 17 años de jovencito revejido y trasnochado; del resto se encargaron los demás. Parecían un hormiguero sobre un turrón de azúcar.
Así fue como quedó en aquel estado. Todos los chicos de la guagua acudieron en ayuda de su compañero Manolo, y solidarios, magullaron al intruso como a una sanguijuela por su osadía.
Ahora, allí estaba, lastimado hasta el alma, y con su orgullo herido. No sabia qué hacer, nunca había pasado por algo semejante; sólo atinó a encogerse sobre el asfalto y llorar como un niño.
Pasaron varios dias. La tarde estaba más radiante que de costumbre. En el bus todos ocupaban sus respectivos asientos ya alistado para salir.
Cuando entró nadie se dio cuenta. Apareció de repente en donde estaba Manolo. Todavía un poco chamuscado, pero sì, era él.
-Tú eres Manolo,- preguntó. Manolo asintió con la cabeza. Todos los vieron sorprendidos y anonadados juguetear como dos mozalbetes, hasta que el chofer preguntó desde el volante, -¿qué vas hacer, sigues o te bajas?
-Me bajo- contestó mientras se dirigía a la puerta de salida del bus. Volvió la vista y regresó nuevamente a donde se hallaba Manolo; cerró los puños y dijo con un gesto de sobrada camaradería -chócala, campeón.
La guagua siguió su ruta acostumbrada, todos miraban hacia atrás hasta ver que el extraño visitante se perdiera en el camino; pero mientras más se alejaban de él notaban que en la distancia se crecía haciéndose cada vez más grande; algunos creyeron ver cuando le brotaron dos alas. Nunca volvieron a verlo.